El descenso del Yugo UD Socuéllamos no es una posibilidad: es una cuenta atrás. Da igual si lo certifica mañana el Real Madrid frente al Colonia Moscardó o si el drama se alarga hasta el fin de semana como una mala película que nadie quiere ver pero todos conocemos de memoria. El final está escrito. Lo que no está tan claro es quién ha firmado el guion.

Porque sí, lo deportivo ha sido un viacrucis: intentando hacer alquimia con el presupuesto más humilde de la categoría. Competir contra gigantes con bolsillos llenos cuando uno apenas tiene calderilla es como presentarse a un duelo con una cuchara. Y aun así, el Socuéllamos lo intentó. Con dignidad, incluso con cierto romanticismo suicida.

Pero aquí no venimos a hablar solo del césped. Venimos a mirar a la grada. O mejor dicho: a ese solar emocional en el que se ha convertido.

Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que la afición del Yugo UD Socuéllamos era un ejemplo en Castilla-La Mancha. Un ejército de fieles que peregrinaba por campos imposibles en Segunda B, que hacía del desplazamiento una liturgia y del equipo, una causa. Aquello no era fútbol, era fe.

Hoy, en cambio, lo que tenemos es otra cosa. Una especie de silencio administrativo con bufanda.

El ascenso, ese milagro improbable, trajo consigo lo que parecía una recompensa… pero ha terminado siendo un espejo incómodo. Porque en la categoría superior no solo se ha visto que el equipo no daba para más —algo comprensible—, sino que la afición tampoco ha estado a la altura. Y eso ya es más difícil de digerir.

Un estadio que antes se llenaba por pura inercia emocional ahora apenas reúne a 700 u 800 personas, y eso en días optimistas. Jugadores calentando ante gradas vacías, como actores ensayando una obra sin público. Llegadas a última hora, silencios durante el partido, aplausos tímidos. Como si animar fuese una tarea administrativa más.

El Socuéllamos, que siempre tuvo en su gente su mayor patrimonio, ha descubierto este año que también se puede ser pobre en ánimo.

Porque sí, el equipo ha fallado. Pero la grada también. Y quizá más de lo que estamos dispuestos a admitir. Ese apoyo incondicional del que tanto se presumía ha resultado ser, en realidad, un amor condicionado: mientras ganas, te quiero; cuando pierdes, ya si eso hablamos.

Nos hemos acostumbrado a lo bueno… o nos hemos olvidado de sufrir. Y en un club que presume de identidad y lucha, eso no deja de ser una ironía bastante cruel.

Así que cuando se consuma el descenso —porque se va a consumar—, convendría que no miremos solo al banquillo o al césped. Que miremos también a esa grada cada vez más vacía, más muda, más indiferente.

Porque a veces los equipos no descienden solos.

A veces, los dejan caer.