Las muertes evitables son un drama que nos atraviesa, nos golpea y nos obliga a detenernos. Una hostia de realidad que nos pone en el sitio y nos hace replantearnos todo. Cada una de las muertes evitables son un pequeño -o un gran- fracaso de esta sociedad nuestra que teniéndolo casi todo, mira más de la cuenta para otro lado. En España casi cuatro mil personas se quitan la vida cada año, siendo esta la principal causa de muerte entre los jóvenes de 12 a 29 años.
Las muertes evitables son el fracaso de un pueblo, de una comunidad y de un país que no es capaz de mirar a los ojos de quien está en dificultades y darle un trato humano. Es el fracaso de no ser capaces de proteger y cuidar a los que lo necesitan, cuando lo necesitan.
En pleno 2026, en los colegios e institutos se sigue escuchando el típico “son cosas de chiquillos”, cuando las bromas pesadas se ceban especialmente con alguno de esos chiquillos. En pleno 2026, los profesores siguen sin tener las herramientas necesarias para atajar cosas como esta, el bullying, con planes de estudios que les ahogan en tareas absurdas y les llenan las clases con más alumnos de los que deberían. En pleno 2026, sigue habiendo multitud de padres que le restan importancia a lo importante y prefieren mirar para otro lado.
En pleno 2026 la psicología sigue siendo tabú para muchos, especialmente en los pueblos, y la atención psicológica sigue siendo prácticamente inexistente en el sistema nacional de salud, dónde prácticamente no hay profesionales y dónde no pueden destinar ni el tiempo ni la atención que les gustaría dar a sus pacientes. Necesitamos priorizar la salud mental e incorporarla de una vez y de verdad en el sistema público de salud.
Necesitamos cambios educativos, pero también educacionales y estructurales. Necesitamos una mayor conciencia -y esto es tarea de todos- que coloque a las personas, y a la vida, en el centro. Necesitamos que la salud -física y mental- sean la prioridad. No puede ser otra nunca la prioridad, por mucho que el sistema actual y la vida nos lleven a la prisa, al estrés del trabajo, a ese querer más y más y a ese individualismo que hace que no le demos ni los buenos días al vecino… La vida es, y debe ser, otra cosa.
En las últimas décadas hemos visto cómo hemos pasado de casas en la que había un coche y una tele, a casas en las que hay tres coches, tres teles, 5 smartphones, tres ordenadores y dos videoconsolas, sin embargo… ¿Somos hoy más felices que hace 30 o 40 años?
Tenemos más, pero estamos más desconectados que nunca, de la realidad, de la vida, de lo que nos rodea, de lo que importa. Nos pasamos los días de un sitio para otro hipnotizados por esos teléfonos que no nos dejan ver más allá de su pantalla y que nos tienen cada día más divididos y enfrentados.
Necesitamos un mundo, y un pueblo, con menos mensajes de odio y más mensajes de amor. Con menos enfrentamientos y más manos tendidas. Con menos mirar para otro lado o “son cosas de chiquillos” y más empatía y educación con mayúsculas. Necesitamos un mundo que priorice la salud mental y entienda la gravedad de enfermedades como la depresión y que destine atención, recursos, investigación, cuidado y tratamientos desde el segundo uno. Que se detecte antes y se trate siempre.
Por un mundo sin más muertes evitables.
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