Hay fotografías que no se miran: se habitan.
Esta imagen tomada en 1970, tras una celebración familiar de los Siete Historias y los Caleros, pertenece a ese tipo de recuerdos que no solo muestran rostros, sino que sostienen una época entera. En ella aparecen los cabezas de familia —Manuel, Remedios, Antonia, Francisca y José— junto a hijos, hijas y nietos, reunidos en un momento sencillo, sin saber que el tiempo, silencioso e implacable, acabaría llevándose a muchos de ellos.

Hoy, al observarla desde la distancia de los años, la fotografía se convierte en un acto de despedida.

Los cuerpos están juntos, las miradas tranquilas, los gestos cotidianos. Nadie posa para la posteridad; nadie imagina que ese instante será, décadas después, una puerta abierta a la nostalgia. Muchos de quienes aparecen ya no están. El paso del tiempo los ha ido borrando uno a uno del mundo físico, aunque no del recuerdo. Y ahí es donde la fotografía adquiere su verdadero valor: retener lo que ya no puede volver.

La historia de esta familia viene de lejos. Desde Munera hasta Socuéllamos, durante la Segunda República, los Siete Historias trajeron consigo algo más que maletas y herramientas: trajeron relatos. Manuel, el padre, trabajaba como chofer camino de Albacete y, para entretener a los pasajeros, contaba historias de romanos, guerras antiguas y episodios populares. Con el tiempo, alguien se dio cuenta de que siempre eran las mismas. “Manuel, solo tienes siete historias”, le dijeron entre risas. El apodo se quedó… y con él, una identidad familiar que aún hoy resuena.

Manuel murió en 1950, pero dejó tras de sí un legado lleno de pequeñas incógnitas, como la del apellido Atencia / Atienza. Nacido como Atencia en 1883, los registros antiguos revelan que la raíz familiar era Atienza. Errores, oralidad, descuidos administrativos… así, el tiempo fue bifurcando un mismo origen en dos apellidos distintos. Una muestra más de cómo la historia no siempre es lineal, ni limpia, ni justa, pero sí profundamente humana.

El oficio que marcó a esta familia fue el de caleros, hoy ya desaparecido. La cal fue durante décadas sinónimo de higiene, de blancura, de protección. Blanqueaba fachadas, saneaba corrales, sostenía muros. Era un trabajo duro, áspero, lleno de polvo y calor, pero esencial. El camión cargado de cal que aparece en la fotografía de los años 50 —en la calle La Arena— no es solo un vehículo: es un símbolo de una forma de vivir que ya no existe.

Mirar estas imágenes es asomarse a un Socuéllamos irreconocible para las generaciones actuales: calles sin asfaltar, ropa de faena, manos curtidas, vidas marcadas por el esfuerzo diario. No había prisa, pero tampoco descanso. Se vivía con lo justo, con dignidad y con la certeza de que el mañana se construía a base de trabajo.

Hoy, estas fotografías dialogan entre sí y con nosotros. Nos hablan de migración, de sacrificio, de familia, de memoria. Nos recuerdan que el tiempo no perdona, que no hay vuelta atrás, que todo lo que fue se transforma en recuerdo. Y, sin embargo, mientras alguien las mire, las nombre y las cuente, nada desaparece del todo.

Los Siete Historias ya no repiten sus relatos en la carretera. Los caleros ya no blanquean las fachadas. Muchos de los rostros de esta imagen viven solo en la memoria. Pero esta fotografía —rescatada, compartida, narrada— sigue cumpliendo su función más profunda: recordarnos de dónde venimos y por qué no debemos olvidar.

Porque el tiempo deja huella.
Y algunas, aunque duelan, merecen ser miradas.

Mi familia, siempre, porque yo también soy un Siete Historias.

Javier Fresneda.