En una imagen conservada en la biografía de Ramón Parra Quevedo, tomada por Antonio Reales Parra en el año 1986, se recoge uno de esos momentos que definen la identidad de todo un pueblo: vecinos y vecinas de Socuéllamos trabajando juntos, hombro con hombro, para construir su Plaza de Toros.

No había grandes medios ni recursos, pero sí una enorme voluntad común. La fotografía muestra a Adelaida, Aquilina, Loreto, Francisca y tantos otros que hoy ya no están, pero cuya entrega permanece grabada es un ejemplo. Ellos y ellas representaron la fuerza de un pueblo unido, capaz de transformar la ilusión en una obra tangible.

Aquella plaza no fue solo un proyecto arquitectónico, sino un símbolo de lo que Socuéllamos ha sido siempre: una pueblo capaz de organizarse, colaborar y trabajar por un bien común. Cada piedra colocada, cada jornada de esfuerzo bajo el sol, fue una muestra de que el progreso nace del compromiso compartido.

En una época sin ayudas institucionales ni grandes presupuestos, el pueblo se hizo responsable de su propio destino. Personas de todas las edades participaron en las tareas, unas aportando trabajo, otras materiales, transporte o alimentos para los que estaban sobre el terreno. Fue una auténtica obra vecinal, nacida de la generosidad y la determinación.

Hoy, casi cuatro décadas después, esa fotografía se convierte en testimonio de un tiempo en el que la palabra “nosotros” pesaba más que el “yo”, y en recordatorio de que Socuéllamos siempre ha sabido responder cuando se trata de construir algo juntos.

En blanco y negro, inmortalizados por la lente de Antonio Reales, aquellos rostros siguen transmitiendo la misma enseñanza:
cuando un pueblo se une, no hay meta imposible.
Y esa, quizá, sea la lección más valiosa que dejaron para las generaciones que hoy recogen su legado.