Amanece un nuevo día en Evinayong con el canto de los gallos y la rutina diaria que arranca, como siempre, a las 7:00 horas con la Eucaristía. Tras un desayuno rápido, a las 8:30 las voluntarias se dirigen a la consulta improvisada instalada en una sala del instituto local, donde han vivido una jornada especialmente intensa.
Durante la mañana, se ha atendido a todos los alumnos del colegio y del instituto, realizando revisiones dentales y extracciones a los menores, además de continuar prestando asistencia a pacientes adultos. Muchos de los tratamientos han sido dolorosos, ya que, en palabras de las voluntarias, “en España esas muelas podrían haberse salvado con empastes o endodoncias, pero aquí la extracción es la única solución para evitar infecciones o complicaciones”. Esta práctica, lejos de generar conflicto, está completamente normalizada entre la población.
Una de las realidades que más ha impactado a las cooperantes ha sido el hecho de que ningún niño acudía acompañado de sus padres ni era recogido por ellos tras el tratamiento. No se requiere consentimiento ni autorización para proceder con las extracciones, y las reclamaciones, sencillamente, no existen. Una evidencia más de las diferencias culturales y sociales que marcan el día a día en Guinea Ecuatorial.
Por la tarde, el grupo de voluntarios y María Pilar Delgado visitaron al padre Tomás, sacerdote de la parroquia, quien había preparado una merienda con esmero para recibirlos. Sin embargo, al llegar los invitados, descubrieron que todo había sido robado, un incidente que refleja también las dificultades del entorno. Posteriormente, se desplazaron a la casa de las Hermanas Capuchinas, donde conocieron sus instalaciones —centro de salud, colegio y convento—, y compartieron un refrigerio en el que no faltaron los cantos africanos. La jota manchega, interpretada por las voluntarias, también resonó en tierras guineanas.
El balance del día incluye un nuevo récord de muelas extraídas, decenas de revisiones realizadas y, sobre todo, la satisfacción de poder ayudar. La jornada concluyó con una cena preparada por las religiosas y una conversación en la que todos coincidieron: cada persona encierra una historia de lucha y dignidad, y esta experiencia es una oportunidad para agradecer lo que en ocasiones se da por hecho.



















