Una sola fotografía puede abrir la puerta a toda una historia familiar y a un oficio ya desaparecido. Esta imagen de los años 50, conservada por Juan Giménez Atienza, nos traslada a la calle La Arena, donde un camión cargado de cal sirve de escenario improvisado para retratar a parte de la familia conocida como los “Siete Historias”. En la escena aparecen Gabriela Rodríguez Atencia, su hija Pilar Atienza Rodríguez, Paquita, Juan Giménez Atienza y José Atienza Rodríguez. Nadie sabe quién tomó la fotografía, pero su valor está en lo que captura: un instante cotidiano, sincero, que resume la vida de una familia trabajadora en una época en la que el esfuerzo marcaba el día a día.

Su historia se remonta a Munera, de donde procedía la familia antes de llegar a Socuéllamos durante la Segunda República. Allí nació Manuel, el padre de la familia, un hombre que trabajó como chofer realizando viajes hacia Albacete. Para entretener a los pasajeros durante kilómetros de carretera, relataba episodios de romanos, historias bélicas y antiguos relatos populares. Con el tiempo, quienes repetían viaje descubrieron que Manuel siempre recurría a las mismas narraciones, y con humor comenzaron a decirle: “Manuel, solo tienes siete historias para contar”. El apodo prendió, se extendió y terminó identificando a toda la familia.

Manuel falleció en 1950, pero dejó tras de sí una estela curiosa que aún hoy suscita conversación entre sus descendientes: el enigma del apellido Atencia/Atienza. Él nació en 1883 registrado como Atencia, sin embargo, al retroceder en los registros familiares se comprueba que en el siglo XVIII la rama originaria era Atienza. Con el paso de generaciones, transcripciones orales, errores de registro o adaptaciones locales, algunos descendientes conservaron Atienza y otros quedaron como Atencia. Así, dentro de una misma familia conviven dos apellidos que señalan a un mismo origen, un caso habitual en la genealogía rural de Castilla-La Mancha.

La fotografía también recuerda el oficio que sostuvo a la familia durante décadas: el de los caleros. Este trabajo, hoy desaparecido, fue fundamental para la arquitectura y la higiene de los pueblos. La cal se extraía, se cocía en hornos y luego se utilizaba para blanquear fachadas, desinfectar espacios y elaborar morteros. Era un oficio duro, expuesto al calor, al polvo y al esfuerzo físico continuo, pero imprescindible en un tiempo en que la cal garantizaba salubridad y embellecimiento. El camión que aparece en la imagen, cargado de piedra y cal, es testimonio de esa manera de vivir.

Mirar esta foto es reencontrarse con un Socuéllamos distinto: calles sin asfaltar, ropa de faena, gestos naturales y una forma de vida humilde pero digna. La imagen dialoga con otras historias familiares recuperadas en estos años, donde aparece la mezcla de esfuerzo, migración interna y voluntad de superación.

Los “Siete Historias”, con sus relatos repetidos, su trabajo con la cal, su paso por Munera y su llegada a Socuéllamos, representan una parte esencial de la memoria local. Esta fotografía, rescatada del pasado, no solo muestra rostros y un camión. Muestra identidad, raíces y la historia pequeña —pero fundamental— que sostiene a las generaciones que hoy la observan con emoción y curiosidad, entre ellas, quien la relata, descendiente de aquel Siete Historias.