Gema Campos, con una oratoria serena y cargada de sentimiento, supo trasladar al público a través de sus recuerdos, su vinculación con la Semana Santa local y la importancia que esta tiene en la identidad de todo un pueblo. Su intervención combinó el relato íntimo con la exaltación de las tradiciones, rindiendo homenaje a las generaciones pasadas y a la entrega silenciosa de tantos hermanos y hermanas de las distintas cofradías.
Aquí tienen el pregón:
Señores Párrocos, Señora alcaldesa, miembros de la Corporación Municipal, Señor presidente y miembros de la Junta de Cofradías, Señora directora de la Banda de Música, queridos amigos, familiares y vecinos de Socuéllamos.
En primer lugar, deseo expresar mi más sincero agradecimiento a la Junta de Cofradías, por haber pensado en mí para dar este honorable pregón. Aún hoy sigo preguntándome por qué yo sí soy una simple odontóloga. Para mí es una responsabilidad y a la vez un orgullo estar aquí esta mañana con todos ustedes.
Me siento muy honrada porque antes de mí han ocupado este púlpito ilustres hombres y mujeres, que supieron exponer de forma excelente el secreto de la Semana Santa que tan arraigada la tenemos en Socuéllamos.
Mis primeros recuerdos vividos de la Semana Santa, se remontan a años atrás, cuando, junto a mi familia en la Ermita de Loreto nos reuníamos para iniciar los preparativos de la imagen de la Oración del Huerto de la Hermandad de Jesús del Calvario, imagen que procesiona el miércoles y Viernes Santo, y con la que a día de hoy procesiono junto a mis hermanas. Precisamente, este año 2025, se cumple el 50 aniversario de su fundación, cofradía cuyos nazarenos visten de granate y blanco y en la que se observa en su escudo tres potencias, símbolo de la Divinidad de Jesús, una paloma que hace referencia a paz y una rama de olivo tan presentes en el huerto de los olivos, donde Jesús se retiró a orar.
No quiero olvidarme de las demás cofradías, a las que también acompaño, ya que desempeñan un papel crucial durante la Semana Santa. Todas ellas transmiten una catequesis en las calles. Los Crucíferos de la Caridad, noche de Vía Crucis, noche de silencio y oración, sonido de cadenas arrastradas y cruces portadas por penitentes. El Ecce Homo, acompañado por la Virgen de los Dolores y la representación de la escena del juicio de Pilato. Jesús de Medinaceli y la Virgen de la Esperanza, tan venerados por nuestro pueblo, representan la entrega de Jesús por la salvación del mundo. La cofradía de la Piedad y de la Soledad, cuyas imágenes reflejan el dolor de nuestra Madre la Virgen María ante la humillación que sufrió su hijo. Y la Preciosísima Sangre de Cristo, la más antigua de nuestras cofradías, nos transmite la vida de Jesús desde su entrada a Jerusalén el Domingo de Ramos, hasta su muerte y Resurrección. Todas ellas contribuyen a comprender mejor la importancia de la Semana Santa y fomentan el compromiso y la vivencia de la fe.
Estas fechas son importantes para los cristianos, ya que volvemos a revivir la pasión de Cristo desde el amor. El mandamiento más importante que nos dejó fue “Amaos unos a otros como yo os he amado”. La Encíclica Dislexit nos dice que “todos estamos llamados a la misma misión, dar a conocer el Amor de Dios” Desde estas palabras debemos desarrollar nuestra vida en el día a día, ser coherentes con las enseñanzas que Jesús nos enseñó.
Nos tenemos que preguntar cómo vivimos la Semana Santa. Tenemos que celebrarlo tratando de introducirnos en este gran misterio de la Redención. San Agustín nos decía “Dios tanto nos amó que hizo hombre al que hizo al hombre. Tú, siendo hombre, quisiste ser Dios, para tu perdición, él, siendo Dios, quiso ser hombre para hallar lo que estaba perdido”.
Dios hecho hombre se sometió a las leyes de nuestra humanidad hasta límites nunca imaginables. “Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Flp2,7)
Compartió su vida tal cual era, con sus alegrías, éxitos, sufrimientos, fracasos, igual que nosotros nos enfrentamos a las dificultades.
Me gustaría resaltar la figura de María, sin ella, este misterio tampoco podría haberse producido, Dios puso su mirada en ella, virgen y pura para traer al mundo a Jesús. ¿Cuántas veces nos propone Dios a nosotros estar al lado del que sufre, del enfermo o necesitado…? En muchas ocasiones, no estamos dispuestos a hacerlo. La Virgen María, dijo un SI a la voluntad de Dios, a los planes que tenía para ella “Dejó su Yo para hacer algo extraordinario”. María fue muy generosa, ofreció su vida para que Dios le diera la gracia para concebir a su propio hijo, “Hágase en mí, según tu palabra” esas fueron sus palabras. Cuando Dios quiere entrar en nuestra vida, pide permiso, y ¡nos asusta!, nos descoloca nuestra vida, eso le pasó a María.
Dios se encarnó en el vientre de una mujer para darnos la dignidad porque la habíamos perdido por el pecado y podernos llamar así HIJOS DE DIOS .
El papel de María fue complicado, se enfrenta a muchos retos, pero ella no duda. El ángel le comunica que su prima Isabel necesita ayuda y parte rápido para cuidar de ella, esta ya la recibe con “Bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”, María tan abrumada por la noticia se puso en acción, se juntaron los misterios del embarazo de su prima que no podía tener hijos y la elección de una joven María para engendrar al Hijo de Dios.
Una joven que apenas debía de tener 15 años, vuelve a Nazaret y todos descubren que estaba embarazada, se encuentra con una realidad en la que San José, una gran figura a destacar también en nuestra religión, no la repudia, sino que, aceptó la gran misión que tenía Dios también para él, cuidó de María y Jesús, formando así la sagrada familia.
San José y la Virgen María fueron a Belén para empadronarse en el censo, la tierra de José, donde vivían los suyos, donde lo conocían, donde pensaban que todos les iban a recibir con las puertas abiertas, pero la realidad fue otra, nadie le dio posada, “a los suyos vino y los suyos no le recibieron”, tuvo que acomodar un establo para que María diera a luz a nuestro Dios, estaban rodeados de lo más sencillo y humilde, de animales, pastores, así nació Jesús, haciéndose pequeño, sin lujos, esos lujos a los hoy en día estamos tan acostumbrados en nuestro día a día.
Fueron sorprendidos por unos Reyes, unos sabios que seguían una estrella que no era normal, ellos interpretaban el cielo y observaron esa anormalidad, abandonaron sus países porque sabían que lo que iban a encontrar era algo extraordinario, encontraron la grandeza de Dios. Este hecho alertó al rey Herodes del nacimiento de Cristo, temiendo que su poder se viera desplazado por la venida del Mesías anunciado por los profetas, mandó matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén.
La aparición del ángel a José fue crucial, reveló que debía de partir a Egipto para salvar la vida Jesús, y permanecieron allí hasta la muerte de Herodes. Pasados los años, de nuevo se le apareció el ángel, para indicarle que debían de volver a Nazaret.
Pasan los años y Jesús comienza a hacer su vida pública, los fariseos, los sacerdotes estaban tan obsesionados en cumplir las normas que no vieron la grandeza de Dios, no lo reconocen, no ven que Jesús era al que esperaban. Todo lo contrario, lo avasallaban porque no se ceñía a las normas, la ley que movía a Jesús era estar con los más necesitados, parte desde nuestras miserias para empezar a construir.
María ya está en la sombra y Jesús comienza la misión por la que vino al mundo, elige a sus discípulos, doce hombres normales pero distintos, con vidas rutinarias, pero Dios tenía un plan especial para ellos, les enseño como orar y compartir el mensaje con el pueblo.
La obra y milagros se hace cada vez más presente en la vida de Jesús: La boda de Caná donde convirtió el agua en vino, un símbolo para los cristianos, ese vino que representa la alegría, la fiesta, la sangre para perdonar los pecados de los hombres.
El milagro de los panes y los peces, donde da de comer a una multitud, multiplicando una pequeña cantidad de comida.
La calma de la tormenta sobre las aguas del mar de Galilea, Jesús camina sobre las aguas, mostrando también el poder sobre los elementos naturales.
La sanación del ciego Bartimeo, la resurrección de Lázaro, la resurrección de la hija de Jairo, cura a paralíticos, leprosos, endemoniados… A Jesús le daba igual que fuera sábado (el Shabbat, día sagrado de descanso para la tradición judía) para curar a estos enfermos, en definitiva, ayudar a los que más lo necesitaban. Porque Dios tenía una misión, sanar corazones.
A Jesús no le importaba saltarse las normas, juntarse con prostitutas, ladrones y delincuentes, pobres, desgraciados de la sociedad…, porque Él tenía una misión, sanar corazones.
La gente lo buscaba, lo escuchaba y vitoreaba, era la gran esperanza del pueblo, lo recibieron con alegría y palmas, símbolo de triunfo y victoria, montado en un simple asno que simbolizaba un animal de paz, con esta sencillez quiso entrar en Jerusalén, lo que llamamos actualmente Domingo de Ramos.
Comienza la Semana Santa.
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Nervios, incertidumbre, tristeza… Jesús se reúne en la última cena, ha confiado todo a sus discípulos, les había lavado los pies y ya sabía que Judas lo iba a traicionar, lo iba a vender por unas monedas y Pedro preso del miedo lo iba a negar tres veces, algo muy humano. Cuantas veces nosotros somos capaces de negarlo ante las complicaciones de la vida, cuando nuestras comodidades están en peligro. Pedro tuvo una respuesta muy humana. Ante todo esto, tuvo que sentir un gran dolor en el alma por estas decepciones, ya que les había dado todo, les había enseñado el Reino de Dios y sólo Juan es el único que recuesta su cabeza en el pecho y supo conocer el amor de Cristo, como nos reconoce en la encíclica Dislexit nos del Papa Francisco.
La celebración de la última cena es importante para los cristianos porque se establece la Eucaristía.
Comparte con sus discípulos el pan, lo parte y lo ofrece como si fuera su propio cuerpo.
Da de beber el vino como si fuera su propia sangre, todo lo que en unas horas iba a derramar por nosotros.
Jesús necesitaba orar, necesitaba una intimidad con Dios, ya que se acercaba el momento donde se iba a producir todo el desenlace final, por lo que había venido al mundo, pero Jesús siente alguna debilidad
“Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mateo 26:39).
Llegan soldados, Jesús está orando en el Huerto de los Olivos, sabe lo que va a ocurrir. Judas lo besa, lo traiciona, se vende por unas monedas.
Y nosotros ¿cuántas veces nos hemos vendido? Políticos corruptos que buscan el poder a cualquier precio, buscan beneficios propios en vez de defender al pueblo. Traficantes de vidas humanas que lanzan al mar a cientos de personas en pateras, huyendo del hambre, guerras, miserias, buscando una vida mejor, buscando esperanza, convirtiéndose los mares en cementerios humanos. Traficantes de órganos a quienes no les importa el valor de la vida, sólo a cambio de unas monedas. Explotadores sexuales que ofrecen el cuerpo de mujeres y/o niños. Violadores aprovechando el estado indefenso de sus víctimas. Traficantes de drogas devorados por la ambición y la avaricia, etc.
Los discípulos se habían escondido por miedo a los judíos, seguían el proceso de las noticias que les llegaban, era tal su miedo, que no se atrevían a mezclarse entre la turba, estaban incapacitados para pensar, no tenían valor para defenderse, pues sabían la suerte que iban a correr si lo hacían, además, que iban a decir ellos, lo habían seguido durante tres años. Él les había cambiado la vida vulgar. Por un tiempo se habían convertido en grandes hombres, la muchedumbre los seguía y los aclamaba, no tenían que preocuparse de nada, Jesús sabía salir airoso de todas las dificultades, hablaba con autoridad, decía cosas que admiraban, pero ellos, ciertamente no entendían muy bien lo que decía, más de una vez le habían pedido que se lo explicase aparte, porque no comprendían.
Su futuro ahora no les preocupaba, ni estaban para pensar en él, volver al pueblo les iba a suponer escuchar las burlas de sus paisanos, pero a eso ya se acostumbrarían, empezar de nuevo en otro sitio les sería mucho más dificultoso. Y por supuesto, ni por asomo se planteaban seguir juntos por los pueblos predicando el reino de Dios, no podían continuar con la causa de Jesús. Él no les había dejado nada escrito si algún día faltaba, eso no estaba preparado, eran unos pobres pescadores, sin fuerza en la palabra, sin recursos, sin ideas.
Canta el gallo, Pedro ya le ha negado tres veces, se avergüenza porque recuerda las palabras que Jesús le mencionó en la última cena. Esas negaciones muestran los miedos a las repercusiones sociales y físicas que podía sufrir el discípulo amado. La Roca en la que edificó la Iglesia.
Actualmente las personas sentimos miedo a expresar o defender nuestras creencias o valores, debido a la presión social, política o profesional. El temor por perder algo que queremos, puede llevar a las personas a negar sus principios o a esconder su verdadera identidad. Pedro nos ofrece una lección de esperanza, incluso si fallamos en ser valientes, hay siempre una oportunidad para la restauración, el perdón y el crecimiento personal. El arrepentimiento y el perdón puede llevar a la sanación y a empezar de nuevo. La vida está llena de oportunidades, nos enseña a aprender, a rectificar, a corregir, a crecer y a avanzar.
Desorientados y temerosos los discípulos, habían oído que lo llevaban a crucificar. María, la madre de Jesús estaba con ellos, ella tenía que salir, ver lo que pasaba, estar con su Hijo, no le importaba correr su misma suerte. Los discípulos convencieron a Juan de que fuese con ella, bien camuflado en su túnica, para que no lo conocieran.
Jesús apresado en el monte de los olivos, es llevado ante Pilato tras ser interrogado por Anás, sacerdote principal, y Caifás, sumo sacerdote. En el Sanedrín lo acusan de blasfemia, ellos no tenían autoridad para matarlo, por eso lo llevan al palacio del gobernador romano Poncio Pilato, querían eliminarlo a toda costa, éste no encuentra nada por lo que juzgarlo, lo envía a Herodes, el gobernador de Galilea para ver si encontraba en Él algo por lo que acusarlo, lo trata con desprecio, lo cubre con un manto esplendido, que después se lo sortearán los soldados, de nuevo no había nada por lo que condenarlo y devuelto de nuevo a Pilato, allí es torturado, azotado y maltratado.
El poder de Pilato fue fundamental, sólo él tenía el poder de crucificar a Jesús ya que los judíos y sus leyes no tenían potestad para matar a nadie. Pilato quiso actuar como juez, pero terminó actuando como político, él quería salvar la vida de Jesús, dejó pasar esta injusticia, aún sabiendo que era inocente, pero quería evitar altercados en Pascua, la fiesta judía y templar así el orden público, convirtiéndose en cómplice de los que querían verlo muerto. Se lavó las manos para no complicarse la vida. A cambio liberó a un preso como tenían costumbre, soltaron a Barrabás y sentenciaron a muerte de cruz a Jesús.
En Jerusalén, a las afueras de la ciudad, hacia el Gólgota, son llevados Jesús cargando con la cruz, en compañía de dos malhechores y custodiados por los soldados romanos, deseosos de acabar cuanto antes con esta ingrata tarea. Allí es desnudado sin piedad dejando a la vista de todos su cuerpo ensangrentado, víctima de una atroz flagelación, con la cabeza coronada de espinas, le han clavado en la cruz sin miramientos, con la frialdad de quien cumple un trámite. En lo alto del madero una inscripción en la que se lee:
“Jesús Nazareno Rey de los judíos”.
Poco después del mediodía hace un calor sofocante, las tres cruces son alzadas, la de Jesús está en medio, les rodea una multitud de espectadores. Los escribas y fariseos, los ancianos del pueblo y los sacerdotes del templo han instigado el crimen por miedo a que pudiera arrebatarles el poder.
Jesús es colgado en la Cruz, condenado por el poder romano ya que la ley judía no reconocía la crucifixión como método de castigo, no tenían el poder de matarlo.
Su madre y Juan el discípulo contemplan esta injusticia, sufre al pie de la cruz al ver a su hijo allí clavado, al que de pequeño cuidaba y acurrucaba con cariño, lo estaba viendo agonizar, su corazón estaba traspasado.
El aparente fracaso fue su cruz, los príncipes de los judíos así lo creyeron, pensaron que realmente, muerto él, se acabaría todo lo que acababan de comprobar, en un principio les daba miedo organizar la matanza en los días de Pascua, “de ése que la gente tenía como PROFETA”, pero acababan de verificar que había sido lo mejor, no les había costado nada conseguir que el pueblo gritase ¡CRUCIFICALO, CRUCIFICALO! No entendían por qué les había dado tanto miedo, pero ahora estaban satisfechos de su triunfo, se habían convencido de que la masa es muy fácil de moverla, solo hay que parecer seguros, gritar fuerte, imponerse. Al fin y al cabo, ellos eran la autoridad de Israel, y consiguieron que Judas, uno de esos galileos que seguían a Jesús, lo traicionara en el huerto de los olivos.
Jesús agoniza, ya queda poco para reunirse con su Padre y aún así tiene palabras de consuelo y perdón, porque esta es su forma de amar, ese perdón que salió como su sangre resbalando por el madero de la Cruz.
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34)
Esta frase estaba destinada para los culpables de darle muerte, dirigidos a los judíos y soldados romanos.
“De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43)
El ladrón arrepentido pide perdón y le asegura la salvación, sin que para ello haya obstáculo en sus pecados anteriores, por la fe que ha puesto en Jesucristo.
“¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!, Juan ¡ahí tienes a tu Madre!” (Juan 19. 26-27)
Cristo entregó el cuidado de su madre al discípulo amado acogiéndola en su casa como su madre.
“¡Dios Mío, Dios Mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46)
Jesús se ha entregado libremente al sacrificio por la humanidad, y en su naturaleza humana se siente abandonado. El sacrificio de Cristo simboliza el sufrimiento del ser humano
“Tengo Sed” (Juan 19:28)
Sed espiritual de Cristo, de consumir la Redención para la salvación de todos.
“Consumado está” (Juan 19:30)
Proclama el cumplimiento perfecto de la Sagrada Escritura en su persona, culminando el programa de su vida, haciendo siempre la voluntad del Padre. Es un triunfo previo a la Resurrección.
“Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lucas 23: 46)
Confianza que debe tener un cristiano ante la entrada en el mundo espiritual, nos reunimos con el Dios Padre en el Cielo.
Y tras decir estas palabras, Jesús expiró ……
María inmensa en su dolor, traspasada por 7 espadas, a los pies de la Cruz, lloran sus ojos siendo el reflejo y la expresión de los nuestros, de nuestros miedos, de nuestros temores y angustias, de cuando no tenemos nada que ofrecer a nuestros hijos, de cuando no existe cura para sus enfermedades.
Aquí estamos presentes muchas madres y podemos ponernos en la piel de María, reconocemos el sufrimiento que en esos momentos tendría la Virgen, el dolor que le tenía que recorrer por todo su cuerpo al ver a su hijo injustamente apresado, lapidado, torturado, insultado y muerto en la Cruz.
El Papa Francisco reflexionaba sobre el dolor tan grande que tiene que sufrir una madre o un padre cuando pierde a un hijo, no hay palabra que lo pueda definir, un hijo se queda sin padres y se convierte en un huérfano, un hombre o mujer se queda sin su esposa o marido y se convierte en viudo o viuda, pero unos padres que pierden a un hijo, qué palabra lo define, es una pérdida tan grande que no existe palabra que lo defina, los que en algún momento hemos padecido este dolor por la pérdida de algún hijo podemos entenderlo, y comprender a Nuestra Madre la Virgen María. Pero no estéis tristes, ellos están con Dios. La oración de madres puede brindarnos consuelo.
Cuando mi hijo no pueda estar bajo mi cuidado, que siempre este en tus manos.
Cuando no pueda escuchar mi voz, que sea la tuya la que lo guie.
Cuando yo no esté presente para indicarle el camino, que seas tú quien dirija sus pasos.
Cuando no pueda darle mi abrazo, que seas tú quien calme su corazón.
Cuando no pueda decirle que se abrigue, que seas tú el manto que caliente su alma.
Cuando no pueda tomar su medicina, que seas tú quien cure sus heridas.
Cuando no puedas secar sus lágrimas que seas tú quien las detenga.
Cuando se sienta sólo, que seas tú su compañía iluminando cualquier soledad.
Y cuando esté feliz que una suave brisa lo toque para que recuerde mi amor.
El cuerpo es llevado por José de Arimatea, discípulo de Jesús en secreto, y Nicodemo al Santo Sepulcro cerca del lugar de la crucifixión, pidiendo autorización a Pilato, dando este su aprobación y ordenando que sean escoltados por centuriones romanos por miedo a que se llevaran el cuerpo.
Nadie presenció la resurrección, a pesar de que los guardias estaban allí, quedaron como muertos, no podían ver a Jesús glorificado, Para verle, hacen falta los ojos de la fe y, es necesario que Él mismo nos conceda su gracia.
Magdalena llegó con la noticia “se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”. Los apóstoles no lo creyeron, no estaban dispuestos a admitir la resurrección, y eso, que ni por asomo entreveían lo que se les iba a complicar la existencia por ella, porque simplemente era inadmisible, aunque hubiesen presenciado la resurrección de Lázaro, era algo tan grande que estaban en shock. Pero Jesús Sí resucitó, venció a la muerte y al pecado, es el origen y fundamento de la Fe. Dios resucitó de entre los muertos.
Jesús aparece frente a unos discípulos incrédulos, les enseña sus heridas, les ofrece el perdón, reconoce los fallos humanos y los une para llevar su mensaje al mundo.
La resurrección es un recordatorio de que la esperanza puede surgir, incluso es los momentos más oscuros. Nos invita a seguir luchando, a no rendirnos. La resurrección fortalece la fe de los cristianos, quita nuestros miedos, porque la muerte no es el final, sino el inicio hacia la eternidad tras perdonar nuestros pecados.
La resurrección es el fundamento central de la fe cristiana y la razón principal del cristianismo. Es la prueba definitiva de que Él es quien dijo ser, confirma su divinidad.
Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás (Juan11:25-26)
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Bienaventurados los pobres.
Bienaventurados los que lloran.
Bienaventurados los que tienen hambre.
Bienaventurados los que son perseguidos.
La lógica de Jesús nos descoloca, da la sensación que Jesús quiere lo contrario de lo que queremos nosotros, ¿quién quiere ser pobre hoy en día? Nadie quiere ser un don nadie, nada nos sacia, siempre queremos tener lo último del mercado, lo más novedoso, lo mejor y con ello no somos capaces de saciarnos. Vivimos en una sociedad que nos dice que tenemos que ser felices, las redes sociales nos dicen que todo va bien, como podemos conseguir la felicidad plena, pero eso no es así, la realidad es que estamos vacíos, estamos llenos de lágrimas. Nos falta mucha fe y es por ello por lo que si vivimos plenamente las enseñanzas que nos dejó Dios, podemos saciar este hambre que nos arrastra y nos hace competir entre nosotros.
Hoy todo se compra y se paga y parece que la propia sensación de dignidad depende de las cosas que se consiguen con el poder del dinero. Sólo nos urge acumular, consumir y distraernos, presos de un sistema degradante que no nos permite mirar más allá de nuestras necesidades inmediatas y mezquinas. Pero cuando aparecen acontecimientos inesperados, como ocurrió cuando se produjo la erupción del volcán de La Palma, la pandemia del COVID, o la riada que produjo DANA, nos damos cuenta que lo más importante son otras cosas, que el dinero y los bienes son secundarios.
El amor de Cristo está fuera de ese engranaje perverso y sólo él puede liberarnos de esa fiebre donde ya no hay lugar para un amor gratuito. Él es capaz de darle corazón a esta tierra y reinventar el amor allí donde pensamos que la capacidad de amar ha muerto definitivamente.
Este año celebramos el Jubileo, bajo el lema “Peregrinos de la Esperanza”, es año de indulgencia plenaria, es tiempo de renovación personal, de recuperar la dignidad cristiana, por el Bautismo, por el Perdón de los Pecados, por la participación en la Eucaristía. El jubileo busca inspirar a las personas a reflexionar sobre la misericordia, la solidaridad y la construcción de un mundo más justo, a través de la peregrinación, oración y acciones concretas que promuevan la unidad y el servicio a los demás. Cristo es un SI permanente como nos recuerda San Juan de Ávila, tiene los brazos extendidos para abrazarnos a todos, para decirnos desde su corazón traspasado de amor que nos quiere, para vivirlo bien tenemos que hacerlo desde dentro, recomponer nuestras historias personales.
Sigamos orando por el Santo Padre, recemos por su pronta recuperación. A lo largo de su pontificado ha enfatizado la misericordia, la humildad y el cuidado de los pobres y marginados.
Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. (Papa Francisco)
Queridos jóvenes, no tengan miedo a dar pasos definitivos en la vida. Tengan confianza, el Señor no los abandonará (Papa Francisco)
El corazón de Cristo es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro. En Él nos volveremos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el Reino de amor y de justicia. Nuestro corazón unido al de Cristo es capaz de este milagro social. (Papa Francisco)
La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de no habituarse al mal, sino a vencerlo con el bien. (Papa Francisco)
Un cristiano sin la Virgen es huérfano. También un cristiano sin la iglesia es un huérfano. (Papa Francisco)
Cristo te pide que, sin descuidar la prudencia y el respeto, no tengas vergüenza de reconocer tu amistad con Él. Te pide que te atrevas a contar a los otros que te hace bien haberlo encontrado. (Papa Francisco)
Si nuestros corazones están cerrados, si nuestros corazones están hechos de piedra, las piedras encuentran su camino a nuestras manos, y nosotros estamos listos para lanzarlas. (Papa Francisco)
Debemos devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los ancianos, estar abiertos al futuro, propagar el amor. Ser pobres entre los pobres. Necesitamos incluir a los excluidos y predicar la paz. (Papa Francisco)
Estas citas del Papa Francisco, nos hace reflexionar y nos anima a cambiar, a dar ejemplo con nuestras vidas, que sea el reflejo de lo que Dios quiere de nosotros.
Jóvenes, nunca penséis que no tenéis nada que aportar, que no le hacéis falta a nadie, le hacéis falta a mucha gente, sois los que podéis cambiar a la sociedad, no tengáis miedo como lo hicieron los discípulos cuando apresaron a Jesús, sed valientes como lo fue San José, aceptó la voluntad de Dios, sin repudiar a María, crió y educó a Jesús como un padre cuida a su hijo. Defended vuestras creencias, no seáis pasivos y sobre todo que promulguéis el mayor mandamiento que nos dejó Él, el mandamiento del amor.
Me gustaría animar a las cofradías y sus penitentes, porque en estos tiempos, se les presenta retos y desafíos importantes, la falta de Fe, hace que las túnicas sean nada más que una ropa cualquiera.
Cuando salimos a la calle a procesionar, no solo tiene un gran valor artístico, lo que debemos expresar es la Gloria de Dios, tenemos que trasmitir a los demás la Fe y la solidaridad. Tenemos que hacer lo posible para que nuestro testimonio sea coherente en nuestro día a día.
Que los pesados pasos que llevan sus costaleros y anderos lo carguen con esta Fe y que no sean más que imágenes de madera sin vida. Con Fe podemos convertir la túnica en un hábito de penitencia.
Ataques a la Fe cristiana se han producido muchos a lo largo de la historia. La Semana Santa desde el punto de vista del creyente es una ocasión maravillosa para dedicar un tiempo a los grandes misterios, a la reflexión, a la meditación y al recogimiento. Desde el punto de vista del no creyente, es una oportunidad extraordinaria de disfrutar de tradiciones milenarias que exalta la belleza y el arte.
Quiero concluir este pregón deseando que podáis vivir nuestra Semana Santa con gran intensidad, y sin frivolidad, que se despierte en vosotros el sentimiento religioso, os invito a no mirar, sino a participar, a acompañar, a sentir y a vivir con Fe Nuestra Semana Santa de Socuéllamos
Gracias por su atención, y recuerden que Jesús nos dejó un mandato:
AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO (Juan 13:34)
¡Feliz Semana Santa!












