Posiblemente estemos ante la entrevista más al norte jamás realizada por Socuéllamos Al Día. A casi 4.500 kilómetros de casa, en un territorio donde la oscuridad reina durante medio año y los osos polares superan en número a los habitantes, hablamos a través de audios con Carlos Patiño, un socuellamino que ha decidido viajar al límite del mundo: el archipiélago de Svalbard, y en concreto a Longyearbyen, la ciudad habitada más septentrional del planeta accesible para un civil.
Carlos nos cuenta que este archipiélago noruego es el punto más al norte al que puede llegar un turista. “Es casi, casi el Polo Norte”, explica, mientras describe un lugar tan remoto como fascinante. Después de Longyearbyen solo existen bases científicas o militares aún más inaccesibles. Sin embargo, pese a su ubicación extrema, llegar no es tan complicado: basta con un vuelo Madrid–Oslo y otro desde Oslo hasta este pueblo perdido en el Ártico.
Lo primero que sorprende es el fenómeno que marca la vida en Svalbard: seis meses de luz continua y seis meses de oscuridad absoluta. Carlos ya había viajado una vez, el pasado año, durante el periodo de 24 horas de sol. Esta vez ha querido experimentar la otra cara: la noche polar, donde no amanece en ningún momento del día. “A las diez de la mañana es de noche. A la una del mediodía es de noche. El cuerpo te pide dormir todo el rato”, confiesa. Un contraste brutal con la experiencia de luz perpetua, que él describe como más fácil de llevar.
En este remoto rincón del planeta hay otra peculiaridad: no se puede ni nacer ni morir. Carlos nos lo explica de forma sencilla. Bajo el suelo existe una gran capa de permafrost, un hielo permanente que impide la descomposición natural de los cuerpos. Antiguamente, los difuntos enterrados eran empujados hacia arriba cuando el terreno se congelaba y descongelaba. Por ello, desde 1950 quedó prohibido enterrar a nadie en Svalbard, y las mujeres embarazadas deben desplazarse al continente para dar a luz.
Otro de los detalles que más impacta al visitante es que hay más osos polares que personas: unos 3.000 frente a 2.000 habitantes. Esto obliga a tomar precauciones extremas. “No puedes salir del pueblo sin llevar un rifle o ir con alguien que lo lleve”, explica Carlos. El pueblo está delimitado por señales que marcan el límite de seguridad. Más allá, podría aparecer un oso en cualquier momento. Por eso, cualquier ruta —ya sea en motos de nieve o trineos de perros— debe realizarse con guías autorizados.
Pero entre todas las curiosidades del archipiélago hay una que destaca por su importancia mundial: la Bóveda Global de Semillas, un gigantesco almacén construido dentro de una montaña que guarda las semillas de todas las especies vegetales del planeta. Es el mayor banco de semillas del mundo, diseñado para proteger la biodiversidad agrícola en caso de catástrofe global. Nadie puede entrar salvo el personal autorizado. Carlos la visitó desde el exterior en su anterior viaje, y describe su icónica entrada iluminada en la roca helada.
Pese a la imagen de aislamiento absoluto, Longyearbyen es un pueblo plenamente equipado: bares, hoteles, restaurantes, museo, universidad, biblioteca y hospital. Durante décadas vivió de la minería del carbón, pero hoy su principal actividad es el turismo ártico. La mayoría de desplazamientos se hace en moto de nieve, y las calles, aunque siempre bajo nieve y oscuridad, mantienen una vida sorprendentemente normal.
Carlos nos describe el lugar como remoto, distinto y fascinante. “Estás en el punto más al norte al que puede llegar un socuellamino”, dice entre risas. “Todo es nieve, hielo, osos polares… pero también tranquilidad, buen ambiente y gente de muchas nacionalidades”. Y aunque mañana regresa a España, asegura que esta experiencia —la de la luz perpetua primero y la de la oscuridad total después— le ha marcado.
Una aventura extraordinaria, contada desde la noche eterna del Ártico, en la que Socuéllamos Al Día ha tenido el privilegio de acompañarle.




























Fascinante.