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El Vinatero de Honor de Manchavino 2026 conversa con Socuéllamos Al Día sobre sus más de tres décadas de trayectoria, el papel de las cooperativas, la situación del vino, el agua, el relevo generacional y el futuro de la agricultura.

Hay lugares que parecen concebidos para determinadas conversaciones. Y pocos podían resultar más apropiados para hablar de vino, de viñedo, de cooperativismo y de Socuéllamos que el Museo Torre del Vino.

Allí, acompañados además por una copa de Yugo Crianza, gracias a la amabilidad de Beatriz Camacho, tuvo lugar nuestro encuentro con Juan Miguel del Real, director general de Cooperativas Agro-alimentarias de Castilla-La Mancha y Vinatero de Honor de Manchavino 2026.

Lo que inicialmente iba a ser una entrevista terminó convirtiéndose en algo más parecido a una conversación larga y pausada sobre toda una vida vinculada al sector agroalimentario. Más de tres décadas de trayectoria profesional dan para mucho: para recordar los primeros pasos en la Cooperativa Cristo de la Vega, analizar cómo han cambiado las cooperativas, hablar de mercados internacionales, de la situación actual del vino, de la vendimia, del agua, del cambio climático, de digitalización y, especialmente, de uno de los grandes desafíos que afronta el campo: el relevo generacional.

Pero también hubo espacio para la parte más personal. Para Socuéllamos, para su familia y para lo que significa recibir en su propio pueblo un reconocimiento que llega apenas un año después de ser nombrado Hijo Predilecto de Castilla-La Mancha.

Una conversación extensa que merece ser contada prácticamente en su totalidad.

Después de tantos años trabajando por el sector agroalimentario y el cooperativismo, ¿qué supone para ti recibir este reconocimiento como Vinatero de Honor precisamente en Socuéllamos?

Yo creo que cualquier reconocimiento es un motivo de alegría y de orgullo, pero, sobre todo, cuando es un reconocimiento que te dan en tu pueblo, tu gente, tus paisanos, tu Ayuntamiento y tu alcaldesa, tiene un valor doble.

Por un lado está lo que supone de reconocimiento a una trayectoria profesional. Son más de treinta años dentro del sector agroalimentario y especialmente del sector cooperativo, trabajando en Cooperativas Agro-alimentarias de Castilla-La Mancha.

Pero mi historia con el cooperativismo es incluso anterior.

Haciendo memoria estos días, en 1993 ya empecé a trabajar con la Cooperativa Cristo de la Vega. Yo soy abogado de profesión y comencé llevando algunos asuntos de la cooperativa. Poco después también empecé a trabajar en algunas cuestiones con la SAT Virgen de Loreto.

Ahí empezó todo. Ahí fue donde comencé a cogerle el gustillo al mundo de las cooperativas, a la economía social y al sector agroalimentario.

Después, en julio de 1995, empecé a trabajar en lo que entonces era UCAMAN, la Unión de Cooperativas Agrarias de Castilla-La Mancha. Entré como responsable de la asesoría jurídica y, prácticamente, hasta hoy.

UCAMAN posteriormente cambió su denominación por Cooperativas Agro-alimentarias de Castilla-La Mancha. Pasé una etapa como subdirector general y, desde hace aproximadamente ocho años, como director general.

Así que prácticamente toda mi vida profesional ha estado vinculada al sector agroalimentario y al cooperativismo.

El pasado año fuiste nombrado Hijo Predilecto de Castilla-La Mancha y ahora llega este reconocimiento como Vinatero de Honor en tu propio pueblo. Es difícil elegir, pero ¿cuál tiene un componente emocional mayor?

Es complicado porque los dos tienen un valor emocional importante.

Que te nombren Hijo Predilecto a nivel regional ya es en sí mismo un motivo de orgullo muy grande. Además, fue una sorpresa. Son cosas que no te esperas y la verdad es que fue un reconocimiento muy bonito.

Pero este tiene una connotación algo especial porque te lo da la gente de tu pueblo.

Ya sabes ese dicho de que nadie es profeta en su tierra. Bueno, pues en este caso es, de alguna forma, una excepción a esa regla general.

Que sea un reconocimiento de Socuéllamos hacia mi trayectoria profesional dentro del sector agroalimentario tiene un valor doble.

Hace diez años ya fui pregonero de Manchavino. Algo habremos hecho bien cuando diez años después no se han arrepentido de aquel nombramiento y ahora me nombran Vinatero de Honor.

Yo siempre he vivido en Socuéllamos. A pesar de que me muevo por toda Castilla-La Mancha y de que la sede de Cooperativas Agro-alimentarias está en Alcázar de San Juan, alguna vez alguien me ha dicho: «Si tienes tu puesto de trabajo en Alcázar, ¿por qué no te vas a vivir allí y te ahorras tantos viajes en coche?».

Pero yo siempre he querido mantener mis raíces aquí. Mi familia está aquí, mi hermana está aquí, mis padres vivieron aquí y yo, aunque he viajado muchísimo y me he movido mucho por toda la región, siempre he mantenido mis raíces en Socuéllamos.

Por eso esa parte emocional de que el reconocimiento venga de la gente de tu pueblo es especial.

En una trayectoria que abarca prácticamente toda Castilla-La Mancha, ¿qué papel ha jugado Socuéllamos?

Ha tenido un papel muy importante.

De hecho, mi entrada en UCAMAN fue precisamente consecuencia del trabajo que estaba realizando en la Cooperativa Cristo de la Vega. Aquella fue mi primera incursión en el mundo cooperativo.

Cuando posteriormente hubo que cubrir una plaza de asesoría jurídica en UCAMAN, en Alcázar de San Juan, digamos que mi carta de presentación fueron la Cooperativa Cristo de la Vega y la SAT Virgen de Loreto, ambas asociadas entonces a UCAMAN.

Además, Cristo de la Vega ha tenido siempre una presencia importante dentro de nuestra organización y ha contado con representantes en el Consejo Rector de la Federación.

Mi vinculación con Socuéllamos, por tanto, siempre ha sido permanente.

Entre otras cosas porque Cristo de la Vega está entre las principales cooperativas vitivinícolas de Castilla-La Mancha y yo diría que también entre las más importantes de España y de Europa en cuanto a bodegas.

Para mí siempre ha sido motivo de orgullo decir que soy de Socuéllamos y que aquí tenemos una de las grandes cooperativas.

Y no solamente Cristo de la Vega. También tenemos la SAT Virgen de Loreto y todo el conjunto de bodegas privadas de Socuéllamos.

Me hablaban de unas 17 bodegas presentes este año en Manchavino y creo que es muy importante.

Hay además un relevo en la gestión de las bodegas. Hay mucha gente joven que ha puesto en marcha bodegas, bodegas familiares pilotadas por jóvenes y por viticultores jóvenes.

Eso es un motivo de alegría, porque significa que en Socuéllamos la tradición bodeguera continúa creciendo.

Manchavino celebra en 2026 su primera edición como Fiesta de Interés Turístico Regional. ¿Qué importancia tiene este reconocimiento para Socuéllamos y para la cultura del vino?

Yo creo que sitúa a Socuéllamos en el lugar que merece.

Socuéllamos siempre ha sido un pueblo de vino y de bodegas. Nuestro principal patrimonio es la viticultura.

Es el corazón del pueblo. Es lo que hace latir al resto de sectores económicos.

Según vaya el año de la uva, de una forma u otra termina repercutiendo en el comercio, en los negocios y en el resto de actividades económicas.

Por tanto, este reconocimiento sitúa a Socuéllamos en el lugar que merece como una referencia dentro del sector del vino.

Yo recuerdo cuando comenzó Manchavino. Esta es ya la edición número 26 y ahora mismo es una celebración conocida en toda Castilla-La Mancha.

Llegan estas fechas y mucha gente te pregunta: «Bueno, ¿ya empieza Manchavino?».

Creo que hemos conseguido darle un nombre a la fiesta y eso también ha contribuido a dar nombre a Socuéllamos como referencia del sector vitivinícola.

También tenemos otros acontecimientos, como la presentación anual de los vinos de la nueva añada, a la que creo que se ha conseguido dar bastante glamour y una imagen muy buena.

Todo este tipo de acciones hacen que actualmente Socuéllamos esté, como digo, donde merece estar: entre los grandes municipios de Castilla-La Mancha vinculados al sector del vino.

Más de treinta años ligados al sector permiten observar una enorme transformación. ¿Cómo ha cambiado el cooperativismo desde aquellos primeros años hasta 2026?

Ha evolucionado muchísimo.

También la vida ha cambiado mucho y el entorno es completamente diferente. Y creo que las cooperativas, entre ellas las de Socuéllamos, han sabido adaptarse a ese nuevo terreno de juego que nos ha tocado vivir.

En estos treinta años el sector se ha profesionalizado muchísimo.

Las cooperativas se han profesionalizado especialmente a nivel comercial, se han generado marcas y Socuéllamos es un buen ejemplo.

Si hablamos de Cristo de la Vega, Yugo ha sido un emblema de Socuéllamos.

También se ha avanzado muchísimo tecnológicamente.

No solamente tenemos buenos profesionales elaborando vinos y gestionando las bodegas, sino que contamos con tecnología de vanguardia.

Yo tengo la oportunidad de viajar a otros países y conocer bodegas de Francia, Italia y otros lugares y, sinceramente, lo que tenemos en Castilla-La Mancha está al máximo nivel en instalaciones, tecnología e innovación para elaborar buenos vinos.

Entonces, ¿qué nos falta?

Nos quedan todavía algunas cosas, fundamentalmente en el terreno comercial.

Tenemos un volumen tan grande que no podemos simplificar el debate diciendo únicamente: «Tenéis que embotellar más».

Castilla-La Mancha es la región que más vino embotella de España.

Lo que ocurre es que, en proporción al enorme volumen que producimos, el porcentaje de vino embotellado puede parecer bajo. Pero ya tenemos varias bodegas en Castilla-La Mancha que embotellan cuatro o cinco millones de botellas.

Donde creo que todavía podemos dar otro paso es en comercialización, en continuar generando marca y en seguir construyendo una imagen propia.

Y estamos llegando a un punto en el que la dimensión es tremendamente importante.

Para salir a los mercados internacionales y negociar de igual a igual con los grandes operadores mundiales del sector del vino necesitamos dimensión.

Aunque tenemos cooperativas grandes, continuamos siendo pequeñas en comparación con quienes nos compran.

Pensamos que somos grandes dentro del mundo del vino, pero necesitamos ser todavía mayores.

Ahí queda un camino por recorrer, generando alianzas entre las bodegas del pueblo, entre las bodegas de la comarca y creando estructuras y departamentos comerciales mucho más potentes.

Has introducido uno de los problemas que más preocupa al sector: la falta de relevo generacional.

Tenemos un problema estructural muy importante.

El sector está muy envejecido y las personas que están al frente de las explotaciones y también de muchas cooperativas tienen, en términos generales y con excepciones, una edad avanzada.

Tenemos que hacer un esfuerzo para seducir a los jóvenes.

Y para ello necesitamos construir un relato bonito alrededor de la agricultura y dignificar la profesión agraria.

Tenemos que dejar de hablar continuamente mal de la agricultura, de decir que esto no es rentable, que todo es un desastre…

Esos mensajes permanentemente apocalípticos tenemos que empezar a dejarlos de lado.

Tenemos que presumir de lo que somos.

La profesión agraria es una profesión digna y de la agricultura se puede vivir bien. Evidentemente, hay que ser buenos profesionales.

Tenemos que conseguir que los jóvenes quieran tomar el relevo de las explotaciones.

Porque, si no lo hacemos, dentro de muy poco tiempo tendremos un problema enorme.

Cuando las personas mayores que están al frente de las explotaciones y de las viñas comprueben que sus hijos no tienen ningún interés en continuar, lo que van a querer será arrancar, vender o abandonar.

Y eso puede generar un problema no solamente para el patrimonio de nuestro municipio.

También hará que las bodegas y las cooperativas pierdan superficie, pierdan producción y pierdan capacidad productiva, hasta el punto de que algunas puedan comenzar a dejar de ser rentables.

Ahí tenemos uno de los grandes retos.

Castilla-La Mancha posee una enorme capacidad de producción. ¿Toda esa producción termina traduciéndose en valor económico para el viticultor?

Hay margen de mejora.

Creo que nuestros viticultores viven razonablemente bien. Evidentemente, no es para tirar cohetes y seguramente existe margen para mejorar la rentabilidad de las explotaciones.

Pero en estos últimos años se está poniendo de manifiesto algo importante: regiones como la nuestra tienen una capacidad de resistencia impresionante.

Estamos viendo cómo regiones tradicionalmente muy rentables y zonas como Burdeos, Rioja o Ribera lo están pasando muy mal.

Y no nos alegramos de ello, porque al final estamos todos comunicados dentro de un mismo mercado.

Pero ha cambiado mucho el mapa del consumo y han evolucionado muchísimo los gustos del consumidor.

Creo que Castilla-La Mancha, si sabe aprovechar el momento en el que estamos, puede ser una de las regiones que mejor sobreviva al escenario de crisis general que atraviesa el vino.

Hay zonas que están arrancando viñedo o solicitando medidas extraordinarias.

Nosotros somos una zona con una gran producción de blancos, tintos jóvenes, buenos rosados y buenos espumosos, y eso encaja bastante bien con los gustos actuales del consumidor.

Soy optimista.

Aunque exista margen de mejora, somos una región que históricamente ha trabajado con márgenes de beneficio muy ajustados y en situaciones casi de crisis permanente. Eso nos ha dado una enorme capacidad de resistencia.

Y creo que todo lo que venga a partir de ahí puede permitirnos mejorar.

Llevamos tres campañas en las que hemos conseguido vaciar bastante bien las bodegas, los precios de venta han sido razonables, los blancos han tenido muy buena salida y los tintos jóvenes, aunque con algo menos de precio, también han encontrado mercado.

Comparado con otras regiones existe una diferencia importante.

También están cambiando los gustos.

Muchísimo.

Tú vas a cualquier restaurante y cada vez encuentras un mayor peso del vino blanco, del rosado, del espumoso o del tinto joven.

Cada vez hay menos personas que, en determinadas situaciones, optan por reservas o grandes reservas, que eran los vinos tradicionalmente asociados a algunas de las grandes zonas clásicas.

La gente joven se está acercando de otra forma al vino y también ha aumentado muchísimo la presencia de la mujer en su consumo y en su cultura.

Se buscan blancos, vinos jóvenes, cócteles basados en vino, tintos de verano, espumosos…

Los italianos, por ejemplo, han sabido desarrollar y popularizar productos y combinaciones alrededor de los espumosos.

Ese tipo de tendencias creo que favorecen a regiones como Castilla-La Mancha.

Yo soy de los que intentan ver siempre el vaso medio lleno.

Ahora bien, si le preguntas a un agricultor, lógicamente te dirá que quiere más rentabilidad y que no quiere continuar viviendo permanentemente pendiente del último céntimo. Y tiene razón.

La vendimia acaba prácticamente de comenzar. ¿Cómo se presenta la campaña 2026?

Desde mi punto de vista, el punto de partida debería desembocar en un año normal.

No voy a decir que excepcionalmente bueno, pero tampoco creo que tenga que ser un mal año.

Tenemos unas existencias de enlace bastante bajas en las bodegas, en cifras similares a las de las dos o tres últimas campañas.

Y la cosecha no va a ser alta.

Las lluvias del final del invierno y principios de primavera hicieron pensar inicialmente que podríamos tener una gran cosecha. La brotación fue buena.

Pero después llegaron la falta de lluvias, el calor y algún episodio de helada al comienzo de la primavera.

Creo que podemos estar ante una cosecha parecida a la del pasado año o incluso algo inferior.

Por tanto, con pocas existencias y una cosecha más bien baja, el mercado debería reaccionar positivamente.

Soy optimista.

Pero existe un problema importante: la caída del consumo.

Ese es otro de los grandes problemas del sector.

El consumo de vino está descendiendo de forma importante en el mundo, en Europa, en España y también en Castilla-La Mancha.

Miraba estos días algunos datos y el consumo per cápita en Castilla-La Mancha está en torno a los 4,2 litros por habitante y año, muy por debajo de otras comunidades que ni siquiera tienen nuestra vinculación histórica con el vino.

Existe un problema de consumo y eso lógicamente termina influyendo en los mercados.

Quienes compran nuestro vino a granel para posteriormente embotellarlo, si cada vez tienen menos consumidores, lógicamente acabarán necesitando comprar menos vino.

Eso puede generar cierta tensión.

Pero creo que debemos ser optimistas.

Con pocas existencias, una cosecha que no será excesivamente grande y la capacidad de resistencia que tiene Castilla-La Mancha en escenarios complicados, creo que deberíamos salvar razonablemente bien esta campaña.

Por lo menos ese es mi deseo.

Hay otro asunto absolutamente determinante para el futuro del viñedo: el agua. ¿Puede mantenerse nuestra agricultura sin una política hídrica que garantice su futuro?

Muy mal.

Quizá este sea el gran problema.

Porque sin agua difícilmente podemos hablar de relevo generacional.

No puedes intentar atraer a un joven hacia la viticultura y condenarle eternamente al secano.

Sin agua, la rentabilidad de las explotaciones está muy cuestionada. Y esto hay que decirlo claramente.

Es uno de los grandes problemas y creo que tenemos que hacer un llamamiento a los poderes públicos y a los responsables políticos que estén en cada momento para que aporten algo de lucidez al debate del agua.

Con la política hídrica que tenemos, si no cambia, estamos abocados a un importante problema estructural en el conjunto del sector agroalimentario y, hablando particularmente del vino, en la viticultura.

No puede ser que los agricultores estén viviendo permanentemente con miedo a sanciones, reducciones de dotaciones, a la imposibilidad de realizar un nuevo pozo, de trasladar un pozo o de agrupar parcelas para poder regarlas con una misma captación.

Prácticamente todo encuentra dificultades.

Y lo que se plantea para la siguiente planificación hidrológica tampoco parece que vaya a ser mejor.

Creo que necesitamos un cambio absoluto de paradigma.

¿Se ha politizado demasiado el agua?

El agua no debería politizarse.

Debería existir un planteamiento común, independientemente del partido que estuviera gobernando o de quienes estuvieran en la oposición.

Debería hacerse un frente común para conseguir que la situación cambie.

Además, tenemos que cambiar otro mensaje que se está trasladando a la sociedad: que la agricultura «gasta agua».

A una parte de la sociedad, especialmente a la sociedad más urbana, se le está transmitiendo que los agricultores son quienes están esquilmando el medio ambiente y malgastando el agua.

Si pones cualquier informativo nacional cuando se habla de sequía, normalmente aparece primero un embalse seco, con el terreno cuarteado, y después aparece una explotación agrícola regando.

La asociación de ideas es evidente.

Y eso es injusto.

La agricultura no «gasta» agua. Utiliza agua para producir alimentos.

¿Qué es una sandía? Prácticamente agua. ¿Qué es un melón? ¿Qué es un racimo de uvas? ¿Una lechuga? ¿Un tomate?

Si la sociedad no entiende que para producir alimentos y poder ponerlos a disposición del consumidor a precios razonables se necesita agua, tenemos un problema.

Y mientras el mensaje que trascienda sea que el agricultor está malgastando el agua, vaciando pantanos o esquilmando los ríos, tendremos un futuro complicado.

Todos tenemos miedo de que algún día nos pueda faltar agua, evidentemente.

Pero creo que la realidad es otra.

Creo que existe agua suficiente para poder mantener riegos en nuestra agricultura de manera razonable, equilibrada y sostenible.

Eso tampoco significa que el agricultor tenga que regar por regar. Tiene que utilizar el agua que sea necesaria.

Pero sin agua tenemos muy mal futuro.

Vendimias cada vez más tempranas, sequías más prolongadas, episodios extremos… ¿Está cambiando ya el clima nuestra agricultura?

Yo no sé si debemos hablar de cambio climático, calentamiento global o de determinados ciclos meteorológicos que posteriormente serán sustituidos por otros.

Pero es cierto que algo está cambiando.

Y los fenómenos meteorológicos extremos cada vez son más frecuentes.

Los periodos de sequía aparecen con mayor frecuencia y algunas veces son también más prolongados.

Lo estamos viendo incluso en Europa. Francia ha atravesado situaciones importantes de sequía, al igual que Alemania o Italia.

Está ocurriendo algo que durante mucho tiempo no habíamos visto con tanta intensidad y eso, lógicamente, terminará cambiando parte del esquema de producción agroalimentaria.

Tendremos que buscar variedades más resistentes a las altas temperaturas y a la sequía.

Ya existe mucha investigación en ese sentido.

Y la propia agricultura también ha cambiado enormemente su manera de utilizar el agua.

Por supuesto.

Hace muchísimo tiempo que prácticamente no veo determinados sistemas de riego que antes eran habituales.

Ahora predomina el riego localizado, el gota a gota.

La agricultura ya ha hecho un proceso importantísimo de reconversión.

Pero es verdad que las campañas están adelantándose.

Quienes ya tenemos algunas canas recordamos que la vendimia normalmente empezaba después de la Virgen, después del 8 de septiembre.

Se comenzaba con unas variedades, seguían otras y podíamos estar vendimiando hasta después del Pilar.

Ahora hay bodegas que prácticamente abren a primeros de agosto con las variedades más tempranas y a partir de ahí ya no paran.

Eso significa que algo está ocurriendo.

Los ciclos de temperaturas se están adelantando, los grandes calores llegan antes y los periodos de sequía son cada vez más frecuentes.

Tendremos que adaptarnos, innovar también en el manejo de los cultivos y evolucionar.

Si comparásemos la viticultura actual con la de hace cien o doscientos años, seguramente tampoco tendría absolutamente nada que ver.

Habrá cambios, posiblemente serán cada vez más rápidos, y tendremos que adaptarnos.

Durante décadas hemos asociado el sector primario con una actividad poco tecnológica, pero hoy hablamos de inteligencia artificial, agricultura de precisión, sensores, drones o tractores guiados mediante GPS. ¿Cómo imaginas una explotación dentro de diez o quince años?

Con todos esos elementos incorporados.

Creo que esa es una de las grandes adaptaciones que necesita el sector agroalimentario.

Pero hay una cuestión fundamental: necesitamos que se produzca el relevo generacional.

Si los jóvenes se hacen cargo de las explotaciones y las cooperativas son capaces de prestarles soporte para ayudarles en ese proceso de digitalización, creo que no existe otro camino.

También tenemos que humanizar la actividad agraria.

Tenemos que olvidarnos de esa imagen de un trabajo físico en el campo de sol a sol, inhumano y tremendamente penoso, que tuvieron que realizar nuestros antepasados.

La mecanización y la digitalización tienen que ayudarnos.

Que puedas encender o apagar un riego a distancia. Que un sensor te indique cuándo una planta tiene estrés hídrico para decidir si necesita más o menos agua. Que puedas realizar determinadas labores con tractores dotados de GPS y de todo tipo de sistemas que permitan trabajar con mucha más precisión.

Ese es el modelo de agricultura del futuro.

Porque la otra agricultura difícilmente será rentable.

La vendimia es un buen ejemplo.

Exactamente.

Muchas explotaciones de viñedo serían hoy dificilísimas de mantener si toda la uva tuviera que recogerse manualmente mediante grandes cuadrillas.

Donde todavía no se han podido adaptar, continúan sufriendo ese problema.

Pero el proceso general es que cada vez más viñedos están reestructurándose para permitir la vendimia mecanizada.

Hoy tampoco entenderíamos que alguien tuviese que segar una explotación de cereal con una hoz.

Para eso existe la mecanización.

El futuro de la agricultura, para conseguir rentabilidad, ser eficientes y hacer que los jóvenes se sientan atraídos por una profesión moderna e innovadora, pasa por la digitalización y por incorporar toda la mecanización que sea posible.

Lo vemos en otros sectores.

Conozco muchas cooperativas vinculadas al ajo y hoy una explotación no tiene prácticamente nada que ver con las de hace décadas. Ni en la plantación ni en la recolección.

Está todo muchísimo más mecanizado.

Lo mismo sucede con los frutos secos y con tantos otros cultivos.

Si un joven tiene toda esa tecnología a su disposición será mucho más sencillo atraerlo que si le decimos que dedicarse a la agricultura significa obligatoriamente podar a mano, vendimiar a mano y realizar las labores más duras de la misma forma que se hacían hace décadas.

Después de treinta años, ¿qué sigue ilusionando a Juan Miguel del Real cuando se levanta por la mañana?

Creo que la misma ilusión que tenía cuando empecé.

La ilusión de intentar ayudar y acompañar a nuestras cooperativas en todos esos procesos de cambio de los que estamos hablando.

Cada vez que ves que una cooperativa mejora comercialmente, mejora sus procesos de producción, conquista mercados, gana dimensión o afronta un proceso importante y nosotros hemos podido ser aliados para ayudarle a conseguirlo, la satisfacción es muy grande.

Además, el sector agroalimentario es muy agradecido.

Los agricultores son muy buena gente.

Cuando les ayudas, te lo devuelven con creces.

Yo siempre me he sentido muy reconfortado por este sector.

Y en la medida en que podamos ir aportando pequeños granitos de arena a esa evolución y a ese desarrollo, creo que eso es precisamente lo que continúa manteniéndome enganchado.

Creo que durante todos estos años habremos ayudado a que nuestras cooperativas evolucionen.

Sé que todavía queda muchísimo por hacer.

Todos los sectores tienen que evolucionar dentro de este nuevo entorno y, en la medida que podamos ayudarles, eso es lo que hace que cada mañana nos levantemos con ánimo y con ganas de trabajar para construir un cooperativismo mejor.

Hablas del cooperativismo no solamente como un modelo empresarial, sino también como algo que va mucho más allá.

Claro.

Hay cooperativas en Castilla-La Mancha que tienen ya más de un siglo de actividad continuada.

Han sobrevivido a crisis, a guerras y a todo tipo de problemas y continúan estando ahí, generando valor y generando riqueza.

Las cooperativas tienen unos valores y unos principios con los que personalmente me identifico muchísimo.

Solidaridad, ayuda mutua, gestión democrática…

Y, además, prácticamente todo lo que generan se queda en el pueblo.

Aquí no viene ningún fondo de inversión, recoge los beneficios y se los lleva fuera.

Lo poco o lo mucho que haya se queda entre los propios agricultores porque son ellos quienes gestionan sus empresas.

Hay un componente de arraigo al territorio y de fijación de actividad económica que es muy diferencial respecto a otros modelos empresariales.

Todos son respetables, naturalmente, pero el cooperativismo tiene una serie de elementos que, cuando te enganchan, te enganchan de verdad.

Después de tantos años y de conocer cooperativas de toda Castilla-La Mancha, ¿hay alguna que te haya marcado especialmente?

Esto es como preguntar a unos padres cuál de sus hijos quieren más.

No sabría decirte.

Nosotros tenemos actualmente alrededor de 540 cooperativas en Castilla-La Mancha y cada una, dentro de su comarca y de su zona, tiene su importancia.

Las grandes tienen un enorme efecto tractor sobre otras más pequeñas.

Aquí, en la zona de Mancha Centro, encontramos posiblemente una de las mayores concentraciones de cooperativismo.

Tenemos cooperativas enormes, como Virgen de las Viñas, en Tomelloso, además de cooperativas importantísimas en Socuéllamos, Manzanares, Villarrubia y numerosos municipios.

Aquí está una parte esencial del gran cooperativismo regional y eso también te marca profesionalmente porque son entidades que te exigen muchísimo.

Pero después visitas cooperativas pequeñísimas y descubres otra realidad completamente diferente.

¿Qué papel desempeñan esas pequeñas cooperativas?

Un papel extraordinario.

Te vas, por ejemplo, a determinadas zonas de La Manchuela o a pequeños municipios de Cuenca y encuentras pueblos donde prácticamente la única empresa existente es la cooperativa.

Llegas y casi ves dos grandes referencias: el campanario de la iglesia y los depósitos de la cooperativa.

Prácticamente no hay mucho más.

Y en esos municipios la cooperativa no solamente cumple una función económica recogiendo aceituna, uva, cereal o lo que corresponda.

Cumple una función social.

Fija población, genera empleo, sostiene una parte de la economía del pueblo y de la comarca y mantiene vivo el sector primario.

Entonces, ¿cuál quieres más?

¿La cooperativa grande que ha conseguido ser extraordinariamente exitosa o esa pequeñísima que mantiene vivo un pueblo?

Hay municipios donde incluso el único lugar en el que puedes repostar combustible es el surtidor de la cooperativa.

Y su papel todavía va más allá.

Cuando a una persona mayor le llega una carta que no entiende, muchas veces acude a la cooperativa y pregunta: «Oye, me ha llegado esto, ¿me puedes decir qué significa?».

La cooperativa les tramita la PAC, les ayuda con los seguros, les presta asesoramiento…

A lo mejor hay cooperativas que recogen 500.000 kilos de uva, un poco de cereal y una pequeña cantidad de aceituna.

Pero el papel que desempeñan es fundamental.

Por eso todas te terminan marcando.

Unas por su dimensión, por su éxito y por hasta dónde han conseguido llegar.

Y otras precisamente por todo lo contrario, porque en esos pueblos pequeños desarrollan un papel entrañable y absolutamente imprescindible que tenemos que proteger.

Del Real introduce en este punto otra reflexión que conecta nuevamente el cooperativismo con uno de los grandes asuntos de la conversación: el agua.

«No es casualidad que la Federación esté en Alcázar de San Juan», explica, recordando el peso que históricamente ha tenido el cooperativismo de la comarca de Mancha Centro.

Y tampoco considera casual que una buena parte de las grandes cooperativas se haya desarrollado precisamente en territorios donde tradicionalmente ha existido una mayor disponibilidad de recursos hídricos.

Una relación que, a su juicio, vuelve a demostrar hasta qué punto el futuro económico del campo, las explotaciones y las propias industrias agroalimentarias está ligado a la disponibilidad de agua.

Volvamos a Manchavino. Cuando llegue el momento de ponerte la blusa como Vinatero de Honor de Manchavino 2026 y mires a tu pueblo y a tu familia, ¿qué crees que se te va a pasar por la cabeza?

En los reconocimientos casi siempre terminas acordándote de tu gente y de tu familia.

De los que están: de mi mujer, de mis hijas…

Y también de los que no están, de mis padres.

Me ocurrió mucho el año pasado con el nombramiento de Hijo Predilecto de Castilla-La Mancha.

Me preguntaban qué sentía y yo decía: «Estoy contento, pero casi estoy más contento por lo que sienten los míos».

Porque estos reconocimientos también son un reconocimiento al esfuerzo de la familia.

A las ausencias.

A los viajes.

A las horas que no estás.

Porque al final hay muchos momentos en los que estás fuera, llegas tarde, trabajas sábados o domingos, tienes asambleas…

Y quien termina sufriendo todas esas ausencias es fundamentalmente la familia.

Por eso este tipo de reconocimientos reconfortan también a los tuyos.

Se lo dedicas especialmente a ellos y también a tus padres porque, estén o no estén, siempre piensas que en algún sitio estarán orgullosos de que a su hijo le reconozcan el trabajo realizado.

Así que, más que un premio para mí, creo que es un premio para mi familia.

Para terminar, un mensaje para los agricultores, viticultores y vecinos de Socuéllamos en pleno Manchavino y con una nueva vendimia comenzando.

Lo primero es desear que sea una buena campaña.

Y después insistir en algo que creo que es fundamental: tenemos que cambiar nuestro relato.

Tenemos que hablar bien de lo nuestro.

Tenemos que presumir de lo nuestro.

Tener orgullo de nuestra agricultura, de nuestras bodegas y de nuestros vinos.

Y disfrutar del vino.

A mí algunas veces me preguntan: «¿Eres consumidor de vino?».

Y yo digo: «No soy consumidor de vino. Soy disfrutador de vino».

La palabra consumidor parece que te lleva a otra cosa.

Creo que el vino hay que disfrutarlo.

Tenemos que convertirnos en embajadores del vino.

En La Mancha tenemos que ser mucho más embajadores de nuestros vinos de lo que todavía somos y sentirnos orgullosos de ellos.

Porque el vino está presente en momentos de compartir con la familia, con los amigos, en una conversación como esta que estamos teniendo ahora mismo, en una celebración…

El vino forma parte de nuestra cultura y de nuestra dieta mediterránea.

Tenemos que sentirnos muy orgullosos.

Por eso mi deseo es que tengamos una buena vendimia, que presumamos de lo que somos, que tengamos orgullo de nuestro patrimonio vitícola y que disfrutemos cada vez más del vino.

Con moderación, pero que lo disfrutemos cada vez más.