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El joven socuellamino ha encontrado casi por casualidad un lugar en la moda internacional. Vive en Milán, ha desfilado para una de las grandes firmas mundiales y afronta una profesión en la que, asegura, la fortaleza mental resulta tan importante como el físico

Hay caminos que se planifican durante años y otros que aparecen cuando uno menos los espera. Rodrigo Montoya pertenece a los segundos. Durante buena parte de su juventud su mundo fueron las pistas de atletismo, los entrenamientos y la competición. Después llegaron los estudios, el trabajo en hostelería y Alicante. La posibilidad de acabar viviendo en Milán y desfilando para Dolce & Gabbana ni siquiera figuraba entre sus planes.

Y, sin embargo, ocurrió.

Una conversación mientras trabajaba de camarero terminó abriendo una puerta inesperada. Conoció a una chica que era modelo y esta le propuso probar suerte. Le hizo unas fotografías y las enviaron a diferentes agencias internacionales. Una de las respuestas llegó desde Milán: querían que viajara a Italia durante unos meses. Montoya habló con su familia y tomó la decisión prácticamente sin pensarlo. El respaldo de los suyos fue determinante desde el principio.

Aquel billete hacia Milán terminó siendo mucho más que un viaje.

Antes de aprender a caminar ante los focos, Rodrigo había aprendido a sufrir entrenando. Su pasado como atleta continúa muy presente en su nueva profesión.

La disciplina, la constancia y la necesidad de encontrarse al máximo nivel física y mentalmente son, asegura, aprendizajes del deporte que ahora aplica a la moda. El atletismo terminó quedándose atrás por cuestiones relacionadas con los estudios y también por motivos personales, mientras que el modelaje apareció sin haberlo buscado.

Ese cambio de escenario podría parecer enorme: de una pista de atletismo a una pasarela internacional. Rodrigo, sin embargo, encuentra un hilo que une ambos mundos: la exigencia.

Y en Milán descubrió rápidamente hasta dónde llega.

Un casting para una firma internacional puede congregar, según relata, a 300 o 400 modelos que ya han superado una selección previa. En una ciudad donde pueden coincidir miles de profesionales buscando una oportunidad, llegar hasta ese punto ya supone haber atravesado varios filtros. Cuando Dolce & Gabbana volvió a contar con él, la firma ya lo conocía y pasó directamente a la prueba de vestuario.

Después llegó ese instante que desde fuera dura apenas unos segundos, pero que detrás acumula meses de trabajo.

«Ya cuando empiezan a vestirte sí que empiezan bastante los nervios», reconoce. Justo antes de salir, el corazón se acelera. Después sucede algo curioso: comienza a caminar y todo desaparece.

Rodrigo lo define como entrar en «piloto automático». No mira prácticamente nada. La pasarela se convierte en una especie de túnel y, conforme avanza el desfile, los nervios dejan espacio al disfrute.

Quizá la imagen más poderosa de su historia no esté en ninguna fotografía profesional.

Es la de un joven de Socuéllamos, ya en Milán, intentando comprender que aquello estaba sucediendo realmente.

«Venir de un pueblo pequeñito, que para la mayoría de gente a lo mejor puede pensar que es imposible, para mí fue un sueño», explica. Durante varios días le costó asimilarlo. Habla incluso de un cierto «estado de shock».

Porque las marcas que hasta entonces veía desde la distancia habían pasado a formar parte de su vida profesional.

Pero Rodrigo tampoco idealiza el mundo al que acaba de llegar.

La moda internacional puede proyectar una imagen de lujo, belleza y éxito. Desde dentro, Montoya ha descubierto una realidad bastante más compleja.

Reconoce que es un entorno muy superficial y advierte de la importancia de aprender a gestionar cómo se reciben los juicios y los rechazos. Un modelo está permanentemente expuesto a la valoración de otros y buena parte de esa valoración recae sobre su propio cuerpo.

«Si lo llevas bien puede ser bonito, puede ser muy bueno, aprendes muchísimo», explica. Pero añade una advertencia especialmente significativa: si no se sabe gestionar, «te puede destrozar».

No siempre ser descartado significa no ser suficientemente bueno. Una firma puede buscar un modelo sin barba, sin tatuajes o con determinados rasgos. Si el perfil no encaja, simplemente no hay trabajo.

Ese aprendizaje le ha permitido relativizar una palabra especialmente complicada en una profesión basada en castings: no.

Y aquí vuelve a aparecer el deportista.

Para Montoya, el atletismo resulta más duro físicamente, mientras que la moda puede serlo mucho más mentalmente. La comparación permanente, el rechazo y los largos periodos lejos de casa constituyen una parte del oficio que el público raramente contempla.

El físico también exige disciplina. Rodrigo estaba acostumbrado a cuidarse por su trayectoria deportiva, pero ahora existe una diferencia: prácticamente nunca sabe cuándo puede aparecer el siguiente trabajo.

Una fotografía, un casting o una llamada pueden surgir en cualquier momento.

Por eso reconoce que hay días en los que el cuerpo pide descansar o abandonar temporalmente una rutina estricta, pero la profesión obliga a estar preparado casi permanentemente.

La pasarela que el público contempla durante unos minutos es solamente la parte visible. Detrás están el gimnasio, la alimentación, los desplazamientos, los castings que no terminan en trabajo y una incertidumbre constante sobre cuál será la siguiente oportunidad.

Socuéllamos, incluso en Milán

Y luego está la distancia.

Cuando alguien le pregunta en el extranjero de dónde procede, decir Socuéllamos suele necesitar una explicación. Rodrigo lo sitúa al sur de Madrid, en el centro de España, y habla de un pueblo pequeño, rodeado de campo y estrechamente relacionado con la agricultura.

Pero añade algo que dice bastante más de él que cualquier currículum: considera que la educación y los valores adquiridos creciendo en un pueblo también pueden llevarte muy lejos.

Milán y Socuéllamos representan hoy los dos extremos de su vida. Una es una de las capitales mundiales de la moda; la otra sigue siendo casa.

«Siempre he sido primero socuellamino, manchego y español; eso lo llevo por bandera», afirma.

La familia cuando todo parecía una locura

Cuando apareció aquella primera oportunidad en Italia, ni Rodrigo ni su familia conocían realmente el mundo de la moda.

Podrían haberle dicho que era demasiado incierto. Que siguiera un camino más convencional. O que marcharse a Milán era arriesgar demasiado.

Hicieron lo contrario.

«Mi familia ha sido el papel más importante», asegura. Fueron ellos quienes le animaron a aprovechar la oportunidad y quienes han permanecido detrás en cada paso. Sus amigos, bromas iniciales incluidas, también terminaron convirtiéndose en una parte fundamental de ese respaldo, especialmente después del desfile. Rodrigo comparte con ellos una parte de lo conseguido: «El éxito también es parte de ellos».

La distancia, pese a todo, pesa. Después de varios meses fuera aparecen las ganas de volver a ver a la familia, a los amigos y al pueblo. En Milán ha encontrado otras personas en una situación parecida y ha creado nuevas amistades, pero reconoce también la cara menos amable de vivir lejos: pasar demasiado tiempo solo significa tener demasiado tiempo para pensar y, en determinados momentos, eso puede resultar duro.

¿Y ahora qué?

Después de desfilar para Dolce & Gabbana sería fácil construir una lista de objetivos: otra Fashion Week, otra gran firma, otra capital.

Rodrigo prefiere no hacerlo.

Le encantaría repetir con Dolce & Gabbana y reconoce que existen nombres como Armani entre esas firmas con las que cualquier modelo desearía trabajar. También le ilusionaría protagonizar algún día una campaña publicitaria de perfumes.

Pero su discurso está alejado de las prisas.

Quiere ver qué sucede y, fundamentalmente, disfrutar del camino. Tampoco descarta que en el futuro el modelaje pueda convivir con otras profesiones relacionadas con la moda, desde el estilismo hasta el marketing.

Milán también le está dejando algo que permanecerá aunque algún día termine su carrera como modelo. Además del inglés, Rodrigo ha aprendido italiano y portugués. Lo considera parte del verdadero patrimonio que está construyendo: idiomas, personas, experiencias y la capacidad de desenvolverse solo en situaciones que años atrás le habrían parecido imposibles.

Hay una última respuesta que quizá explique mejor a Rodrigo Montoya que cualquier fotografía sobre una pasarela.

¿Tiene miedo al fracaso?

«Un poco sí».

No habla tanto del miedo a dejar de desfilar como del vértigo de pensar que su familia o sus amigos puedan depositar expectativas en él y no ser capaz de cumplirlas.

Pero el deporte y la moda parecen haberle llevado a una misma conclusión: solo puede controlar su propio esfuerzo.

«Si das tu cien por cien, por mucho que falles, sabes que has dado lo mejor de ti».

Quizá por eso, cuando se le pregunta si se pone algún techo, responde que no. Ha aprendido demasiado pronto que una vida puede cambiar con una oportunidad inesperada.

Hace no tanto, Rodrigo Montoya era un joven atleta de Socuéllamos que trabajaba de camarero y que jamás había pensado seriamente en convertirse en modelo. Una fotografía enviada a varias agencias cambió la dirección de su historia.

Después llegaron Milán, los castings y Dolce & Gabbana.

El siguiente capítulo todavía no está escrito.

Y probablemente ahí reside lo más interesante de su historia: Rodrigo ya ha llegado a un lugar que nunca imaginó, pero todavía está empezando.