La Guardia Civil acabó con sus vidas el 31 de agosto de 1907 en la Sierra de Alcaraz. Sus cadáveres fueron trasladados a Villaverde de Guadalimar y convertidos en la última imagen de una época que la cultura popular terminaría idealizando
La fotografía muestra a dos hombres sin vida, sentados y sujetos sobre unas estructuras de madera. Tradicionalmente, la imagen ha sido publicada como el retrato de los cadáveres de Francisco Ríos González, conocido como el Pernales, y de Antonio Jiménez Rodríguez, el Niño del Arahal, después de morir en un enfrentamiento con la Guardia Civil en la Sierra de Alcaraz.
La escena resulta hoy perturbadora, pero responde a una práctica que no era excepcional a comienzos del siglo XX: exponer o fotografiar los cuerpos de delincuentes célebres servía para acreditar su muerte, facilitar su identificación y presentar públicamente la victoria de las autoridades.
Los dos bandoleros murieron el 31 de agosto de 1907, cuando atravesaban la provincia de Albacete durante una huida que debía llevarlos hasta el litoral mediterráneo. La persecución acabó en un paraje próximo a Villaverde de Guadalimar, después de que la Guardia Civil recibiera información sobre su presencia en la zona.

Una fotografía convertida en documento histórico
La imagen compartida se atribuye habitualmente a la exposición de los cadáveres en Villaverde de Guadalimar. Los cuerpos fueron colocados sentados para ser fotografiados y reconocidos antes de su traslado a Alcaraz.
Las cifras “1” y “2” que aparecen sobre las prendas parecen añadidas posteriormente para distinguir a ambos hombres en alguna reproducción. También circula la afirmación de que la fotografía fue retocada antes de aparecer en la edición sevillana de ABC. Sin embargo, no ha sido posible localizar en fuentes hemerográficas o académicas accesibles una confirmación suficientemente sólida sobre el alcance concreto de ese retoque. Por ello, lo más prudente es presentar ese dato como una atribución repetida en publicaciones posteriores, no como un hecho definitivamente acreditado.
La imagen sí encaja con el proceso documentado tras su muerte: los cadáveres fueron trasladados a Villaverde, mostrados públicamente y fotografiados, antes de ser conducidos hasta Alcaraz para realizarles la autopsia y darles sepultura. La exposición transformó el final de dos delincuentes perseguidos en un acontecimiento público y mediático.
Francisco Ríos González, de jornalero a prófugo
Francisco de Paula José Ríos González nació en Estepa, Sevilla, el 23 de julio de 1879, en el seno de una familia jornalera con escasos recursos. Desde niño conoció el trabajo en el campo, la precariedad y una sociedad rural marcada por una fuerte desigualdad en el reparto de la tierra.
Las biografías sobre el Pernales coinciden en situar su infancia en un ambiente de pobreza, analfabetismo y pequeños hurtos. Su padre habría participado también en robos agrícolas, convirtiéndose en una primera influencia para el joven Francisco.
Su apodo parece proceder inicialmente de Pedernales, en referencia a su carácter duro, y terminó abreviándose hasta convertirse en Pernales. Al comenzar el siglo XX ya formaba parte de partidas dedicadas al robo en cortijos, caminos y propiedades rurales de Andalucía.
Actuó junto a hombres conocidos por sobrenombres como el Niño de la Gloria, el Canuto, el Reverte o el Vivillo, en una época en la que el bandolerismo andaluz estaba perdiendo fuerza, pero seguía despertando una enorme atención popular.
La expansión de la Guardia Civil, el telégrafo, el ferrocarril y la mejora de las comunicaciones habían hecho cada vez más difícil la supervivencia de las antiguas partidas. El Pernales fue, en ese sentido, uno de los últimos nombres célebres de un fenómeno que se encontraba en plena decadencia.
El mito del hombre que robaba a los ricos
Tras su muerte, el Pernales fue presentado en romances y coplas como un bandido generoso que quitaba dinero a los ricos para socorrer a los pobres. La imagen del “Robin Hood andaluz” terminó imponiéndose en buena parte de la memoria popular.
Sin embargo, los estudios históricos obligan a separar esa leyenda de sus actos documentados. No existen pruebas de que distribuyera sistemáticamente sus botines entre las clases desfavorecidas. En cambio, sí aparecen acusaciones de robos violentos, amenazas, maltrato familiar y agresiones sexuales.
Entre los episodios que se le atribuyen figura el asalto a un cortijo de Cazalla, en 1905, durante el cual habría violado a una trabajadora. También se han recogido testimonios sobre el maltrato ejercido contra su esposa y sus hijas.
Estas referencias han llevado a los investigadores contemporáneos a cuestionar la visión romántica construida alrededor de su figura. El Pernales fue producto de una sociedad marcada por la miseria y la desigualdad, pero eso no convierte sus delitos en actos de justicia social.
El contexto ayuda a comprender el fenómeno, pero no justifica la violencia.
El Niño del Arahal, compañero en la última huida
Mucho menos conocido es Antonio Jiménez Rodríguez, apodado el Niño del Arahal, natural de la localidad sevillana de Arahal y nacido alrededor de 1881.
Su biografía ha quedado ensombrecida por la fama del Pernales. Las fuentes lo sitúan como jornalero y trabajador del campo antes de incorporarse al bandolerismo. Al igual que otros jóvenes rurales de su época, habría crecido en un entorno de pobreza, escasas oportunidades y trabajo agrícola desde edades tempranas.
El Niño del Arahal se convirtió en uno de los últimos compañeros del Pernales y participó con él en su intento de abandonar Andalucía. Algunos estudios locales los describen como dos hombres procedentes de familias humildes que intentaron escapar de una vida condicionada por el trabajo jornalero, aunque subrayan que ambos terminaron convertidos en delincuentes perseguidos por la justicia.
Cuando iniciaron su viaje hacia Levante, la intención atribuida al Pernales era embarcar con destino a América. Para conseguirlo debían atravesar tierras de Jaén y Albacete evitando los principales núcleos de población y los controles de la Guardia Civil.
La última ruta hacia la Sierra de Alcaraz
La elección de la Sierra de Alcaraz no fue casual. Sus montes, barrancos, bosques y caminos aislados ofrecían un terreno adecuado para ocultarse y desplazarse sin ser vistos.
La provincia de Albacete había servido durante buena parte del siglo XIX como espacio de refugio para bandoleros, desertores, contrabandistas y partidas armadas. Las sierras de Alcaraz y Segura reunían todas las condiciones para dificultar la persecución: grandes extensiones forestales, relieve abrupto, población dispersa y numerosos senderos rurales.
El Pernales y el Niño del Arahal atravesaban esta zona cuando fueron reconocidos o detectados por vecinos. Las autoridades recibieron el aviso y organizaron su búsqueda.
Una de las versiones más extendidas señala que un guarda comunicó su presencia a cambio de la recompensa ofrecida por su captura. La Guardia Civil desplegó entonces varias parejas por los caminos y parajes próximos a Villaverde de Guadalimar.
El enfrentamiento del 31 de agosto de 1907
Los bandoleros fueron localizados en el entorno de Las Morricas o el Arroyo del Tejo, en las proximidades de Villaverde de Guadalimar. Allí se produjo el enfrentamiento con una fuerza de la Guardia Civil dirigida por el teniente Haro.
Las versiones difieren en algunos detalles. Unas señalan que los dos hombres estaban descansando o comiendo; otras, que avanzaban a caballo cuando recibieron el alto. Lo que sí parece establecido es que hubo intercambio de disparos y que ambos murieron en el lugar.
El Pernales tenía 28 años. Su compañero rondaba los 25 o 26.
Según las relaciones posteriores, entre sus pertenencias se encontraron armas de fuego, dinero, animales de montura y diversos objetos personales. Al Pernales se le atribuyeron una escopeta de dos cañones, un revólver, un anteojo, un reloj y 300 pesetas. El Niño del Arahal portaba otro revólver, una navaja de fabricación albaceteña y alrededor de 400 pesetas.
Los cadáveres fueron llevados a Villaverde de Guadalimar. La noticia se extendió rápidamente y numerosos vecinos se acercaron para contemplarlos. La exposición pública servía para despejar cualquier duda: el hombre al que se llevaba años persiguiendo estaba muerto.
De Villaverde a Alcaraz
Después de ser mostrados y fotografiados, los cuerpos fueron trasladados hasta Alcaraz, donde se realizaron las diligencias judiciales y las autopsias.
En un primer momento fueron enterrados fuera del recinto consagrado del cementerio. Con posterioridad, sus restos quedaron dentro del camposanto, donde una lápida recuerda actualmente a los dos hombres.
La tumba se convirtió con el paso del tiempo en un lugar visitado por curiosos, investigadores y viajeros. La tradición popular señala que nunca faltan flores, monedas u otros pequeños objetos depositados por quienes recorren la ruta asociada a los bandoleros.
La muerte física dio paso al nacimiento del mito.
Romances, coplas y memoria popular
La historia del Pernales se difundió mediante romances de ciego, coplas, hojas impresas y relatos orales. En ellos, el delincuente violento fue transformándose en un rebelde perseguido por los poderosos.
La copla más conocida resumía esa idealización al presentarlo como un ladrón que robaba a los ricos y ayudaba a los pobres. Esa imagen sobrevivió durante décadas y fue recuperada posteriormente por intérpretes y grupos de música tradicional.
El Romance del Pernales, popularizado durante la Transición por Nuevo Mester de Juglaría, contribuyó a mantener viva la historia más allá de Andalucía y Albacete. Su nombre también ha aparecido en obras literarias, cómics y canciones contemporáneas.
La permanencia del relato demuestra la capacidad de la cultura popular para transformar a personajes históricos complejos en símbolos sencillos: el perseguido frente a la autoridad, el pobre frente al terrateniente o el hombre libre frente a un sistema injusto.
La documentación, sin embargo, dibuja una realidad mucho menos heroica.
¿Hubo bandoleros en La Mancha?
La respuesta es clara: sí, y durante siglos.
El bandolerismo no fue un fenómeno exclusivamente andaluz. También tuvo una importante presencia en La Mancha, Ciudad Real, los Montes de Toledo, la Sierra de Alcaraz y las rutas que comunicaban Madrid con Andalucía y Levante.
Los grandes espacios abiertos, las sierras, los caminos poco vigilados y la dispersión de la población ofrecían condiciones favorables para los asaltos y la huida. A ello se sumaban la pobreza rural, el desempleo estacional, la desigualdad en la propiedad de la tierra, las guerras y la debilidad del Estado para controlar amplias zonas del territorio.
El historiador Juan Antonio Inarejos define el bandolerismo manchego decimonónico, desde el punto de vista judicial, como la asociación de varias personas para cometer asaltos, amenazas o secuestros de bienes y personas. Sus investigaciones muestran que alcanzó una presencia especialmente visible durante el reinado de Isabel II.
Un bandolerismo más próximo a la subsistencia
A diferencia del gran bandido legendario, buena parte de los acusados en La Mancha eran jornaleros, pastores, trabajadores del campo o vecinos pobres que cometían robos en las proximidades de sus propias localidades.
Los bienes sustraídos solían ser modestos: pequeñas cantidades de dinero, armas, ropa, tejidos, tabaco, animales o herramientas que podían utilizarse o venderse posteriormente.
Entre los casos documentados aparecen el robo de dinero, navajas y petacas a un propietario cerca de Abenójar; el asalto a comerciantes en las inmediaciones de Cabezarados; ataques a arrieros en los caminos de Piedrabuena y Porzuna; y un intento de robo a pastores trashumantes en las cercanías de Calzada de Calatrava.
La investigación histórica concluye que este bandolerismo estuvo más relacionado con la supervivencia y la marginalidad que con una rebelión política consciente. Los delincuentes no formaban necesariamente un movimiento social ni perseguían transformar el reparto de la riqueza.
Robaban para sobrevivir, enriquecerse o escapar de situaciones judiciales anteriores, no para desarrollar un programa de justicia popular.
Los caminos de Ciudad Real
La provincia de Ciudad Real ocupaba una posición estratégica en las comunicaciones entre el centro y el sur de la Península. Los caminos hacia Andalucía, Extremadura, Toledo y Levante eran utilizados por comerciantes, arrieros, ganaderos, correos y viajeros.
Los pasos de Sierra Morena, el Valle de Alcudia, los Montes de Toledo y el Campo de Calatrava ofrecían numerosos escondites. Las partidas podían actuar en una provincia y refugiarse rápidamente en otra, aprovechando la falta de coordinación entre autoridades y la lentitud de las comunicaciones.
La actividad no se limitó a las grandes sierras. También se documentan robos en caminos cercanos a pueblos, fincas y explotaciones agrarias.
En 1857, la Guardia Civil contaba ya con 31 puestos en la provincia de Ciudad Real, distribuidos especialmente por las zonas más afectadas, entre ellas Manzanares, Daimiel, Almuradiel, Almodóvar del Campo, Piedrabuena y la capital. La expansión de estos destacamentos fue decisiva para reducir el bandolerismo durante la segunda mitad del siglo XIX.
Josico y la partida de Bolaños
Uno de los nombres conservados por la tradición provincial es Josico, vinculado a Bolaños de Calatrava durante la Primera Guerra Carlista.
Según las referencias históricas y orales recogidas sobre esta partida, José Ayllón, conocido como Josico, y otros vecinos se echaron al monte en un contexto de persecución política y violencia carlista.
Su figura quedó asociada a la defensa de algunos vecinos frente a los saqueos de las tropas, aunque las narraciones también hablan de enfrentamientos armados y venganzas. Es un ejemplo de cómo las fronteras entre guerrillero, prófugo y bandolero podían resultar difíciles de establecer durante los conflictos civiles
El Locho, entre guerrillero y bandolero
Otro personaje fundamental fue Manuel Adame de la Pedrada, el Locho, nacido en Ciudad Real en 1780.
Procedía de una familia humilde, trabajó como porquero y jornalero y participó en la Guerra de la Independencia contra los franceses. Posteriormente se convirtió en dirigente de partidas realistas y carlistas, llegando a reunir a un número considerable de hombres.
Su trayectoria muestra hasta qué punto las categorías de guerrillero, militar rebelde y bandolero podían mezclarse. Dependiendo de quién redactara el relato, sus hombres podían ser presentados como combatientes políticos, facciosos o simples ladrones.
La utilización política del término “bandolero” fue frecuente durante el siglo XIX. Las autoridades liberales lo aplicaron en ocasiones a partidas carlistas para restarles legitimidad, mientras que algunos grupos revolucionarios también fueron descritos como delincuentes comunes por la prensa conservadora.
Bernardo Moraleda, el bandolero de los Montes de Toledo
Entre los personajes más famosos de la zona destaca Bernardo Moraleda, nacido hacia 1852 y estrechamente vinculado a Navas de Estena y Fuente el Fresno.
Su juventud estuvo marcada por el trabajo humilde, la deserción militar y el ambiente de las guerras carlistas. Se relacionó con partidas que operaban por los Montes de Toledo y terminó dedicándose a robos, secuestros y asaltos.
Moraleda utilizó como refugio las zonas más abruptas de los Montes, desplazándose por el entorno de los ríos Estena y Cedena y por parajes situados entre las actuales provincias de Ciudad Real, Toledo y Cáceres.
Fue detenido, condenado a muerte y posteriormente vio conmutada su pena por una larga condena de prisión. Tras pasar décadas encarcelado, quedó en libertad y terminó trabajando en el entorno del llamado Castillo de Prim. Murió en Ciudad Real en 1936.
Su vida, como la del Pernales, fue adornada posteriormente con episodios de generosidad y nobleza que no siempre pueden verificarse documentalmente.
Los Juanillones, los Purgaciones y otras partidas
La memoria de los Montes de Toledo conserva también los nombres de los Juanillones, los Purgaciones, Castrola y otras partidas menos conocidas.
Estos grupos aprovecharon la compleja orografía de los montes para ocultarse y operar sobre caminos, propiedades rurales y viajeros. En algunos casos se trataba de desertores o antiguos combatientes de las guerras carlistas que, una vez finalizadas las contiendas, continuaron viviendo armados y al margen de la ley.
La desaparición de las partidas fue progresiva. No se produjo únicamente por la acción policial, sino también por la transformación del territorio, la mejora de las carreteras y comunicaciones, la llegada del ferrocarril y la creciente capacidad del Estado para identificar, perseguir y juzgar a los sospechosos.
Mucho antes de la Guardia Civil
La lucha contra los salteadores en tierras manchegas se remonta a la Edad Media.
Los Montes de Toledo eran recorridos por grupos conocidos como golfines, que atacaban a pastores, colmeneros, labradores y viajeros. Para combatirlos surgieron las hermandades de Toledo, Talavera y Villa Real —la actual Ciudad Real—, consideradas un importante antecedente de los cuerpos de seguridad rurales.
La Santa Hermandad Real y Vieja mantuvo durante siglos funciones de persecución del delito en caminos, montes y despoblados. Su existencia demuestra que el bandolerismo fue un problema persistente en el centro peninsular mucho antes de la aparición de los célebres bandoleros andaluces del siglo XIX.
Entre la necesidad, la delincuencia y el mito
El bandolerismo surgió de una combinación de factores: pobreza, desigualdad, guerras, ausencia de oportunidades, debilidad institucional y existencia de territorios donde resultaba posible ocultarse.
Pero sería un error convertir automáticamente a todos los bandoleros en defensores de los pobres.
La investigación sobre el bandolerismo manchego muestra que la mayoría de sus protagonistas no respondía al modelo del “bandido social” que roba al poderoso para proteger a la comunidad. Eran, con frecuencia, vecinos empobrecidos que recurrían al delito como forma de subsistencia, aunque también hubo individuos violentos, secuestradores y asesinos.
La leyenda seleccionó los episodios más atractivos, silenció a las víctimas y transformó la violencia en aventura.
Eso ocurrió con el Pernales. Su origen humilde, su desafío a las autoridades y su muerte joven proporcionaron todos los ingredientes para construir un héroe popular. Los romances hicieron el resto.
La fotografía de Villaverde de Guadalimar, en cambio, devuelve la historia a su dimensión más cruda. No muestra caballos al galope, noches en la sierra ni generosos repartos de monedas. Muestra a dos hombres muertos, colocados ante una cámara para certificar que su huida había terminado.
Es la imagen final del bandolerismo romántico, pero también el comienzo de una leyenda que ha sobrevivido más de un siglo.
Fuentes principales consultadas: Diputación Provincial de Albacete; Ayuntamiento de Villaverde de Guadalimar; Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid; Juan Antonio Inarejos Muñoz, Para una caracterización del bandolerismo manchego en la sociedad agraria del siglo XIX; Diccionario Biográfico de Castilla-La Mancha; Real Academia de la Historia; estudios sobre Bernardo Moraleda y los Montes de Toledo; y documentación histórica citada en dichas investigaciones.













