Alfonso López Mateo rescata del olvido la memoria viva de los comercios, talleres y negocios que dieron vida a una de las arterias históricas de Socuéllamos
Auténticos documentos históricos capaces de reconstruir la vida cotidiana de un pueblo entero. Eso es precisamente lo que ha conseguido Alfonso López Mateo con su detallado recorrido por la calle Don Quijote —conocida también durante décadas como calle Cruces Altas—, evocando los comercios, talleres, bares, bancos y negocios que marcaron la vida social y económica del Socuéllamos de los años 50 y 60.
Con una memoria prodigiosa y una precisión extraordinaria, Alfonso va enumerando uno a uno los establecimientos que ocupaban ambos lados de esta emblemática calle, componiendo un retrato costumbrista de enorme valor para nuestro pueblo.
La fotografía que acompaña este reportaje, perteneciente a los Hermanos Reales, cobra además un valor especial al aparecer en ella la histórica casa de Doña Pepa Fontes, conocida popularmente como “los Aguilares”, uno de los edificios más recordados de aquella época.
La calle Don Quijote era entonces uno de los grandes ejes comerciales y sociales de Socuéllamos. Por ella convivían mercerías, droguerías, zapaterías, bancos, peluquerías, talleres, bodegas, churrerías o cines, en una mezcla que reflejaba perfectamente el pulso diario del municipio.
En su relato, Alfonso López Mateo inicia el recorrido desde la calle Bonillo, recordando negocios tan conocidos como la mercería de V. Alarcón, la zapatería de Barrajón, la reparación de calzado de Mentirillas o la tienda de Melquíades. También aparecen nombres profundamente ligados a la memoria popular como la tintorería de Paquillo, las gaseosas Leal o el herradero de José Mena.
Especial protagonismo tiene la casa-capilla de Doña Pepa Fontes, que incluso llegó a albergar provisionalmente el Ayuntamiento durante las obras municipales de 1962.
Más adelante, el autor recuerda establecimientos míticos como el Bar Zaida, la relojería de Angulo, la peluquería de Abraham, la pastelería Grueso, la droguería de V. Moya o la lechería de Pilar. También aparecen negocios que muchos vecinos todavía recuerdan perfectamente, como la ferretería C. Alarcón, el Cine San Miguel o el Banco Español de Crédito.
Uno de los pasajes más entrañables del relato llega al recordar la Droguería del Real, desde cuya calle podía verse a las trabajadoras “cogiendo puntos a las medias”, una imagen cotidiana que retrata toda una época.
Comercios, talleres y oficios tradicionales
El lado izquierdo de la calle tampoco se queda atrás en riqueza histórica. Alfonso López Mateo menciona negocios como la exposición de muebles Sáez, el horno y despacho de pan de la familia Romero Hombrebueno, la churrería de Sánchez o Ciclos Filillo.
También aparecen establecimientos muy recordados por generaciones de socuellaminos, como la zapatería “de Poquito”, la sastrería Baides, Telégrafos, la peluquería de las hermanas Aragón, la ferretería Hermanos Parra o el popular Nido Bar.
El relato termina evocando antiguas bodegas, talleres de ebanistería y negocios familiares que hoy forman parte de la historia sentimental del municipio, como las bodegas Navarro, la bodega del Francés o la de Lambies.
Más allá de la enumeración de comercios, el texto de Alfonso López Mateo supone un ejercicio de conservación de la memoria oral y popular de Socuéllamos. Un testimonio imprescindible para comprender cómo era la vida cotidiana en una localidad donde el pequeño comercio, los oficios tradicionales y la cercanía vecinal marcaban el ritmo del día a día.
Personas como Alfonso nos permite rescatar nombres, lugares y escenas que de otro modo correrían el riesgo de desaparecer con el paso del tiempo. Porque en cada tienda, en cada taller y en cada negocio de aquella calle Don Quijote había también una parte fundamental de la historia de Socuéllamos.











