Dicen que en los primeros años de la banda del Ecce Homo de Socuéllamos, cuando las cornetas aún aprendían a llorar en las calles y la Semana Santa se vivía con un silencio más profundo, había un joven que nunca pasaba desapercibido.

Se llamaba Julián.

Apenas un muchacho, siempre erguido, siempre impecable, con el uniforme ajustado y la corneta entre las manos… pero con una mirada que no parecía de este mundo. Una mirada lejana, como si escuchara algo que nadie más podía oír.

Los más mayores decían que, cuando tocaba, el sonido de su corneta era distinto. Más limpio. Más hondo. Como si no saliera del metal, sino de algún rincón oculto del alma.

Y es que Julián no solo interpretaba las marchas… las sentía.

Cuentan que, en algunas madrugadas, mientras la procesión avanzaba entre la penumbra, su figura parecía difuminarse entre el humo del incienso. Algunos aseguraban que, por un instante, su silueta se volvía casi transparente, como si caminara entre dos mundos.

Nadie se atrevía a decirlo en voz alta.

Hasta que un año, sin aviso, el joven dejó de salir.

La banda siguió tocando. Las calles siguieron llenándose. Pero algo cambió. Algo faltaba.

Desde entonces, hay quienes juran que, en noches de silencio absoluto, cuando la procesión se detiene y el aire apenas se mueve… se escucha una corneta sola, afinada, lejana.

Una nota que no pertenece a ningún músico presente.
Una llamada que parece venir de otro tiempo.

Y algunos, los que se atreven a mirar con detenimiento las viejas fotografías, aseguran que en ellas… la mirada de Julián sigue perdida.

Como si aún estuviera esperando el momento de volver a tocar.