El arranque de la temporada para la Unión Deportiva Socuéllamos no está siendo sencillo. Más allá de lo estrictamente deportivo, han entrado en juego factores que generan debate y malestar en la afición: las decisiones arbitrales.

En estas dos primeras jornadas se han producido acciones muy controvertidas que han condicionado los resultados. En el debut frente al Elche Ilicitano, el penalti que supuso el empate de los locales fue, cuando menos, muy discutible. Sergio Pérez realizó una carga en el área, pero la sensación generalizada fue que el delantero rival buscó más la caída que el contacto. Una acción de interpretación, sí, pero que terminó decantando el encuentro en un momento clave.

Este domingo, en el estreno liguero en el Paquito Giménez, la polémica volvió a aparecer. Con el partido todavía igualado, Verdú fue derribado dentro del área cuando encaraba solo al portero madrileño. La grada reclamó penalti y posible expulsión, pero el árbitro no señaló nada. Minutos más tarde, el Moscardó acabaría llevándose los tres puntos con dos goles en los instantes finales.

La sensación compartida por buena parte de la afición es clara: un equipo humilde como el Socuéllamos parece estar más expuesto a decisiones que le penalizan. No se trata de justificar derrotas, pero sí de subrayar que en una categoría tan igualada, cada detalle cuenta. Un penalti señalado o ignorado puede cambiar el curso de un partido, y con él, el ánimo y la confianza de un vestuario.

El arbitraje, por naturaleza, siempre implica margen de error. Sin embargo, cuando estas jugadas se repiten y el perjuicio recae en el mismo lado, la percepción de agravio se intensifica. Y la pregunta surge inevitable: ¿existe un sesgo, consciente o no, que castiga más a los clubes modestos?

El Socuéllamos seguirá peleando con humildad por afianzarse en la categoría, pero para que esa pelea sea justa necesita que los arbitrajes no se conviertan en un obstáculo añadido. En el fútbol, como en la vida, la igualdad no debería ser una aspiración, sino una garantía.